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¿Por qué existes, hermano piojo?

Repugnantes, difíciles de erradicar, pero…

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Suelen llegar por estas fechas y algunos les tienen aún más miedo que a las notificaciones de Hacienda. Cuando menos te lo esperas aparece un e-mail del colegio alertándote de la presencia de unos pequeños “amiguitos” en el pelo de nuestros hijos.

“Se ha detectado la presencia de parásitos”, dice el correo… ¡Danger, danger, peligro, socorro! Saltan todas las alarmas y el grupo de WhatsApp de clase comienza a echar humo. Mensajes de pánico masivo, emoticonos de horror y consejos de madres experimentadas sobre cómo acabar con ellos (no, con los profesores no, ni con los niños: con los piojos.)

Respiro profundamente y mantengo la calma: nosotros en casa siempre estamos en alerta.

La guerra contra los piojos es una guerra sin cuartel, una guerra hecha de muchas batallas, sólo para los más experimentados guerreros. No hay descanso, en cuanto bajas la guardia y piensas que todo ha terminado… ¡Bum! ¡Ahí está la niña rascándose la cabeza! ¡Nooo! ¡No te rasques… quieta! ¡No te muevas de ahí! ¡Ni se te ocurra acercarte a tus hermanos!

Con las manos temblorosas por el miedo busco mis herramientas de batalla, cojo la liendrera y voy pasándola lentamente por su pelo. Contengo la respiración para ver si ha sido una falsa alarma. Toda la familia espera el fatal desenlace.

Entonces aparece, moviendo sus patitas… ¿Cómo puede ser tan grande, cómo puede ser tan repugnante? Es de un tamaño descomunal.

“Tranquilos, no pasa nada”, tengo que decir delante de mis hijos, aunque lo que realmente me apetece es llorar. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿No había otra cabeza donde posarte, piojo de…?

¿Crees que exagero? Ojalá, porque eso significaría que aún no han pasado por tu casa. Enhorabuena, me das mucha envidia… porque además del asco que da el bicho te libras de las preocupaciones posteriores. ¿Hasta dónde habrán llegado esta vez? ,¿será sólo la pequeña o habrán saltado a más hermanos?, ¿estarán extendidos por toda la casa, en los sillones? y… ¿cómo los erradicaremos?

Llamadme paranoica, tremendista, catastrofista o agorera… llamadme lo que queráis, pero sólo pensar en hacer tratamientos en las cabezas de mis cinco hijos (y a veces en la mía), cambiar las sábanas y las toallas, desinfectar, lavar… me quita el sueño.

Y lo he intentado todo… pero la prevención es cara, es agotadora y sirve para bien poco: sprays para ahuyentarlos, coleteros antipiojos, esencia de árbol del té… Que no te engañen, cualquier escudo antipiojos es inútil y cuando menos te lo esperas…aparecen.

Es una guerra cruenta y silenciosa. Una guerra de trincheras de la que encima no puedes hablar. ¿A quién le cuentas que tus hijos tienen piojos? Ni se te ocurra comentarlo por el WhatsApp al grupo de padres (eso sería el Armageddon).

Y a los pobres niños les impones la discreción, la mayor de las censuras: “Nada de contarlo y mucho menos de rascarte delante de alguien…¿Te has enterado?”.

Como a los niños se les escape en el colegio que han tenido piojos, es casi como si tuvieran el ébola. “¡Pepito tiene piojos!”, se extiende por el patio. Todos, pequeños y mayores, le mirarán desde lejos con una mezcla de miedo y pena.

Una tarde, una de mis hijas me preguntó: “¿Por qué existen los piojos?”. Vaya pregunta, ¿verdad? ¿Pero quién no se ha hecho esta pregunta en la infancia? Es una forma muy plástica de preguntarse por el sentido del mal… ¿Por qué existe? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene todo esto?

Pensé aprovechar la ocasión para ofrecerle una lección sobre el sentido de la creación. Así estuve un buen rato… pensando (pero sin rascarme la cabeza).

Mira que tengo una tendencia innata a encontrar el lado positivo de todo, pero los piojos me cuestan tanto… ¿Qué le digo a mi hija sobre los piojos, sobre el mal, sobre todo lo malo que existe en el mundo?

Dándole vueltas a la cabeza (como no podía ser de otra manera), he encontrado la solución. Hay dos cosas buenas de las crisis de piojos.

  • Los ratos que paso con los niños embadurnándoles el pelo de productos y pasándoles el peine de púas estrechas, que dan mucho de sí para conversaciones íntimas. Nada une más a una madre y un hijo que una buena sesión desinfectante de lucha contra los piojos…
  • Que volver a tener piojos (que no me visitaban desde mi infancia) me estresa bastante, pero también supone una eficaz cura de humildad. En los momentos en que me asaltan espejismos sobre mí misma que me llevan a pensar que los demás tienen que escucharme o que soy importante, entonces me recuerdo a mí misma: ¿Pero no te das cuenta? ¡Tengo piojos! ¡Sopiojosa!

Da igual la edad, la clase social, la higiene y el esmero: atacan por igual a ricos y pobres, limpios y sucios, simpáticos y antipáticos, católicos y no creyentes. Los piojos son una plaga evangélica: me bajan los humos por la vía rápida y no dejan que nada se me suba a la cabeza.

Los piojos, esos pequeños e insufribles bichillos. Detestables y horripilantes. Sois asquerosos y sin embargo conseguís unirme más a mis hijos y ofrecerme una cura de humildad ante la vida. Así que, a pesar de todo… no hay mal, ni piojo, que por bien no venga. Todo debe ocurrir por algo. Nunca pensé que diría esto: ¡Gracias, hermanos piojos!

Fuente: Aleteia

 

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