El especialista en Fuerzas Armadas y seguridad, Juan Ibarrola, dijo que los grupos criminales en México no son grupos sociales, «son grupos de poder», por lo que dijo que no se pueden comparar con las FARC, que tienen una lucha social, de reivindicación.
Apuntó que lo que hoy la gente exige es seguridad a partir del Estado, no a partir de grupos delictivos.
Ante la propuesta de Andrés Manuel López Obrador de dar amnistía a los grupos delictivos, el especialista dijo que «No se puede regresar a la ‘Pax Narca’, porque cárteles son empresas criminales y no van a pactar».
Agregó que «estas organizaciones criminales no ven un México con paz y menos con amor, incluso han hecho que se pierdan los valores de los jóvenes».
Cada vez que un caso de violación o feminicidio se vuelve tema de discusión pública alguien se encarga de recordarnos que #NotAllMen. Ya lo sabemos. El feminismo no sostiene que todos los hombres sean violentos: sostiene que en esta sociedad todos los hombres son educados para serlo.
Por qué los hombres violan a las mujeres no es ningún enigma: la teoría feminista hace tiempo que ha ofrecido una respuesta coherente y sólida a esa pregunta (piénsese en la obra de Susan Brownmiller).
Los violadores no son unos monstruos, pervertidos, locos, machos con un impulso biológico incontrolable ni «adictos al sexo». Son hombres comunes y corrientes que tienen muy introyectadas las ideas sobre las mujeres, los hombres y las relaciones entre los sexos con que la sociedad, los medios y la industria cultural nos bombardean constantemente, desde la comida familiar hasta la reunión entre universitarios y desde la pornografía hasta las caricaturas, pasando por las notas periodísticas, las canciones, las telenovelas, las películas románticas o las novelas de detectives.
Son creencias y sistemas de valores que se transmiten de generación en generación ya sea en modalidad subterránea o en modalidad al aire libre. Es algo que se respira en el aire y sin mucho rigor podríamos llamar quizá un «inconsciente colectivo» que a todos nos atraviesa. Son hombres obedientes al mandato patriarcal y que se sienten muy a gusto viviendo en la cultura de la violación… donde vive inmersa también el resto de la humanidad, cabe señalar.
Si queremos erradicar la violencia de género lo que debemos cambiar es la cultura que la propicia, el sistema que le sirve de caldo de cultivo.
Nadie se salva; no hay castillo de la pureza que nos proteja de esa contaminación ideológica omnipresente. Y esos hombres normales, demasiado normales, se han tragado, contentos y acríticos, el mensaje de que en virtud de su sexo, superior según les han hecho creer, pueden usar a su antojo esas cosas inferiores a ellos llamadas mujeres.
La agresión sexual es parte del combo masculinidad, uno de tantos privilegios tácitos que se obtienen por default al nacer con pene.
Esto de ninguna manera quiere decir que los violadores, asesinos y acosadores no tengan una grave responsabilidad moral o no sean culpables de sus actos y no merezcan estrictas penas carcelarias por sus delitos.
Quiere decir que la explicación de la violencia no se encuentra tanto en la psicología de algunos hombres en lo individual como en el ambiente sociocultural en que ellos y todos los demás nos desenvolvemos; quiere decir que si queremos erradicar la violencia de género lo que debemos cambiar es la cultura que la propicia, el sistema que le sirve de caldo de cultivo.
Esos cambios en la cultura y en la idea del mundo son la principal agenda del feminismo, nada menos.
Al preguntarse en su obra Eichmann en Jerusalén qué llevó al artífice del genocidio judío a cometer tales atrocidades, la filósofa Hannah Arendt concluye: «El problema con Eichmann era precisamente que hubo muchos hombres como él y que esos hombres no eran unos pervertidos ni sádicos, sino que eran, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales».
La socióloga y filósofa alemana Hannah Arendt (Foto de FRED STEIN ARCHIVE VIA GETTY IMAGES)
En los días que siguieron a la violación y asesinato de Mara Castilla, una nota periodística destacó por su franqueza involuntaria. Sobre el acusado, Ricardo Alexis Díaz, la redacción de Quadratin dice: «No había nada extraordinario en su historia. Tenía un empleo, vivía con su pareja, era un hombre normal. O lo fue… hasta que se le presentó una oportunidad de delinquir: una joven hermosa, de 19 años, dormida en la parte trasera de su auto».
Eso es lo más escalofriante: saber que tantos hombres normales, si «tienen oportunidad», violarán o matarán a una mujer sin mayor remordimiento. Una investigación francesa realizada en 2015 arrojó que un 30% de los hombres violarían a una mujer si supieran que no irán a dar a la cárcel. Por eso les gusta tanto la fantasía del hombre invisible: la imaginada posibilidad de tocar a una mujer, espiarla o violarla y salirse con la suya.
La violación no nace de un deseo sexual irrefrenable. Su causa no es Eros sino Tánatos: es afán de ejercer poder, destruir, matar por fuera y por dentro. Pero a veces no basta con hacerlo sino que también hay que mostrarlo: presumir, fanfarronear. Como cuando hay que presumirles a los amigotes lo macho que es uno.
Lo primero que hicieron los integrantes de La Manada, esos cinco hombres que durante las Fiestas de San Fermín en Pamplona ofrecieron acompañar a su coche a una joven a la que acababan de conocer pero en lugar de eso la violaron tumultuariamente, fue alardear de la hazaña en directo con su grupo de Whatsapp y anunciar que había video. No se crea que los otros dieciséis integrantes trataron de disuadirlos, no; todo lo contrario: los incitaban.
No estamos a salvo en ninguna parte, ni en la calle, ni en el trabajo, ni en el transporte público, ni en un vehículo particular ni en nuestras casas.
Si de presumir se trata, otra opción es hacer ver al mundo cuán buena gente es uno porque tuvo la oportunidad de violar y no la aprovechó.
Eso hizo este otro taxista, que no sólo dejó en su casa sana y salva a una chica que abordó su vehículo en estado de ebriedad, sino que le dio al mundo una valiosa lección moral. Vale la pena citar sus palabras, porque condensan una serie de creencias populares en torno a la violación y sus causas:
«Véanla… viene completamente dormida. No sabe dónde está, no sabe si yo estoy enfermo y le puedo hacer algo, y ella ahí está, totalmente expuesta a lo que le pueda pasar. Luego te topas con un idiota enfermo como el conductor de Cabify en una condición como ésta y todo se junta, ¿no? No aplaudo lo que le pasó a la chica, pero cuando te expones así, ¿qué esperas que te pase? ¡¿Que un extraño te cuide?! No todos somos iguales. Hay gente muy enferma que sólo está esperando la oportunidad de que te pase algo así».
Por lo visto este buen hombre se siente merecedor de aplausos, él sí, por reproducir el discurso que culpa a las víctimas, por creer que tiene derecho de grabar a una mujer inconsciente y exponerla en las redes, por recordarnos que una damita no debe emborracharse y por hacernos ver que él, alabado sea, no es un «enfermo» y hasta «cuidó» a una extraña (es decir, ni la mató ni la violó ni la dejó tirada).
Nos recuerda algo que las mujeres sabemos bien: que no estamos a salvo en ninguna parte, ni en la calle, ni en el trabajo, ni en el transporte público, ni en un vehículo particular ni en nuestras casas. Y justamente de eso se trata: de mantenernos en un estado de temor permanente a lo que nos pueda hacer un hombre o una manada de hombres.
La violación es eso: la posibilidad que pende todo el tiempo sobre nuestras cabezas para que no nos atrevamos a contrariar lo que la sociedad y un hombre o todos los hombres quieran de nosotras. Es el método de control más cruel y generalizado: cualquier hombre puede ejercerlo contra cualquier mujer en cualquier momento.
Todos son violadores en potencia por el hecho de vivir en una sociedad que, aunque en teoría condena la violencia hacia las mujeres, en la práctica, con un monumental despliegue de hipocresía, la fomenta y desde luego la condona.
Para reducir los índices de violencia hacia las mujeres no hacen falta héroes: nada más hacen falta hombres decentes.
Sin embargo (menos mal), no todos lo son en acto. ¿Qué distingue a los hombres-que-sí (violan, golpean, matan mujeres) de los hombres-que-no? Recurramos de nuevo al ejemplo de La Manada o al de los cuatro violadores de Veracruz conocidos como los Porkys. ¿Qué teníamos ahí momentos antes del delito, poco antes de que esos individuos se convirtieran en manada violadora? ¿De pura casualidad, y porque Dios los crea y ellos se juntan, teníamos a cinco/cuatro hombres-que-sí? ¿O sólo había uno o dos que sí y dos, tres o cuatro que hasta ese momento no y simplemente vieron la oportunidad y la aprovecharon?
Lo cierto es que habría bastado con que uno solo les plantara cara a los demás para evitar una violación tumultuaria. Pero no: ese (muy) hipotético uno se les unió y en ese instante, así fuera a regañadientes, se convirtió en otro más que sí.
Por sentido de pertenencia, por no querer arruinarles la fiesta a los otros, por no perder amigos, por cumplir el pacto de caballeros, para pisotear la voluntad de una mujer en camaradería… Obsérvese que no hacía falta ninguna acción heroica; quien detuviera esa violación no iba a poner su vida en riesgo: sólo el qué dirán y la amistad corrían peligro, si acaso.
Pero con tal de no desentonar, ni uno solo tuvo el gesto de decencia elemental que se necesitaba para que esa joven llegara a salvo a su coche. Para reducir los índices de violencia hacia las mujeres no hacen falta héroes: nada más hacen falta hombres decentes.
No todos los hombres se mandan fotos de mujeres desnudas por Whatsapp pero muchísimos sí. Un hombre-que-no, tras caer en la cuenta de que esa costumbre de sus amigos lo emparentaba con los paradigmáticos hombres-que-sí de los sanfermines, decidió compartir sus reflexiones con su grupo de mensajes instantáneos para a continuación salirse de él.
No quiso seguir asistiendo impasible a esa misoginia por inercia. Ojalá muchos más reunieran esa pequeña dosis de valentía que se necesita para enfrentarse a los pares (fíjense qué curioso: muchísima más valentía necesitaría una mujer a punto de ser violada para oponer esa resistencia que a veces injustamente se exige como prueba de que no hubo consentimiento).
Ahora es cada vez más común ver hombres que se creen feministas porque, dicen, están convencidos de que las mujeres son iguales a los hombres (o intercámbiese esta frase por cualquier otra definición popular de feminismo). Sus intenciones son nobles, pero la bondad se alcanza por acción, no por omisión. Aliado feminista no es el que comparte el quehacer doméstico y ya por eso no es un machín de siete suelas.
Lo más valioso que pueden hacer los hombres conscientes no es pretender brillar por solidarios en una marcha de mujeres contra los feminicidios. El verdadero aliado es el que activamente hace algo por educar y desconstruir a otros hombres: el que, por ejemplo, no deja pasar chistes misóginos (no basta con que él no los cuente o no se ría de ellos); el que cuando ve a otro hombre acosando a una mujer va y lo encara en vez de desviar la mirada; el que deja de consumir pornografía y prostitución pero sobre todo exhorta a sus amigos a seguir su ejemplo. Ayudar a contrarrestar la horripilante presión del grupo haciendo presión en el otro sentido es un trabajo importantísimo. Es lo mejor que pueden hacer por el feminismo los hombres a los que genuinamente les interese la causa de las mujeres.
Estas reflexiones me hicieron recordar algo que me pasó hace tiempo. Estudiaba en la universidad y dos amigos a los que, como a mí, les interesaba la filosofía analítica me invitaron a un grupo de estudio informal que estaban organizando con un cuate de ellos al que yo no conocía.
Muy ilusionada fui a la primera reunión. Estábamos en un receso preparando café y viendo la colección de discos del anfitrión cuando el tipo al que yo no conocía les dijo a los otros dos: «¿Y si ponemos un trío de viola?». No podía y no quería creerlo. Pasaron algunos minutos en los que traté de convencerme de que seguramente Brahms o Schubert habrían compuesto un trío de viola y esa insinuación bromista que me había provocado un nudo en el estómago era paranoia mía. Pero no, no me funcionó el autoengaño. Al final lo vi con total claridad: me estaban recordando que pretender ser como ellos es una osadía y tiene un precio. Y, lo pagara o no, en ese mundo, por ser mujer, yo sería por siempre otra.
Me levanté e incómoda, desengañada y triste me fui para nunca volver. No dije nada, sólo «Ya me voy». En la puerta el anfitrión al despedirme me dijo, sin más: «No te tienes que ir, no pasa nada». Cierto, no pasaba nada.
Había ahí un hombre-que-sí (acosa, alburea, quizá incluso viola mujeres) y dos hombres-que-no. Dos hombres que no acosan, pero tampoco hacen nada. Dos bystanders, testigos pasivos haciéndose de la vista gorda porque no es su asunto. Dos hombres que no plantaron cara por su amiga para no quedar mal con el amigo.
Para acabar con la violencia hacia las mujeres no se necesitan muchos hombres-que-no inofensivos pero indiferentes: se necesitan hombres decentes que activamente confronten y condenen a los hombres-que-sí.
Desgarrador testimonio sobre una agresión sexual y sus consecuencias
Cuando tenía nueve años más o menos, fui agredida sexualmente por un grupo de adolescentes.
Y lamento decir que no era la primera vez en mi vida que me utilizaban sexualmente, pero sin duda esta fue la ocasión más dura hasta el momento.
Algunos estudios muestran que las chicas que son sexualizadas a una edad más temprana entran en la pubertad antes que la mayoría, y yo ya era pubescente y tenía pechos a los 8 años, así que para los nueve supongo que mi aspecto ya era bastante “maduro”, como quien dice.
Al lado de nuestro bloque había un bosque y era uno de mis lugares favoritos para pasear y jugar con mis amigos. En esta ocasión, había entrado en el bosque como atajo para llegar a casa. Me topé con un grupo de muchachos, los hermanos mayores de mis amigos, todos me resultaban vagamente conocidos y eran unos cinco años mayores que yo. Habían logrado hacerse con una revista de Playboy o algún otro producto obsceno. Al encontrarme con ellos, recuerdo haber visto fugazmente la fotografía a color de unos pechos femeninos desnudos y entonces mi mirada se cruzó con la de una de los chicos.
He escrito anteriormente sobre mi teoría de acosadores y víctimas, que aunque las personas que han sido acosadas o víctimas de abusos no desprendan un aroma a vulnerabilidad, sigue habiendo algo en ellas que las hace reconocible para las personas depredadoras: corderito débil y herido localizado, que den comienzo la carnicería y el festín.
Así me sentí, literalmente. En un instante, el grupo de lobos adolescentes sobreexcitados se abalanzó sobre mí, me agarraron, sujetaron y maltrataron de formas terribles. En cierto momento, alguno estrujó mi pecho izquierdo con tal brutalidad que chillé de dolor y, según parece, mi grito debió de surtir algún tipo de efecto.
En cualquier caso, eso fue lo que supuse, porque, aunque no sé cómo pasó, logré escapar: corrí a casa agarrándome el pecho herido, que me dolió durante días y desde entonces siempre me pareció que tenía algo de “malo” y de deforme. A lo largo de mi vida e incluso a día de hoy, no soporto que me toquen de ninguna forma ese pecho, ni siquiera en el médico, sin que me inunde inmediatamente un sentimiento de vergüenza, incomodidad e intenso desprecio hacia mí misma.
Parece injusto que haya sentido odio hacia mí misma y mi cuerpo durante toda mi vida por algo que me hicieron a mí y no algo que yo hiciera. Pero así es. Con la excepción de los preciosos momentos de mi vida en que mi pecho izquierdo sirvió para alimentar y mantener los cuerpos de mis queridos hijos, únicamente he sentido desprecio hacia ese pecho; odio hacia una parte de mi propio cuerpo.
Y el odio, como bien sabemos, puede actuar a nivel celular. ¿Quién sabe cuánto daño más ha estado sufriendo mi salud por culpa de los sentimientos con los que he cargado estos cincuenta años?
Dudo que alguno de aquellos muchachos recuerde aquel momento de depredación en sus vidas de hombres, aunque si lo recuerdan, espero que sea con una vergüenza y un autodesprecio que se aproximen a los míos. Y no lo digo porque sea vengativa, porque el rencor no forma parte de mi naturaleza. Espero que sea así porque, si sienten vergüenza y si se odian por lo sucedido, entonces quizás no causen daño a nadie nunca más.
¿Por qué estoy escribiendo esto? Porque la otra noche sucedió algo extraño, después de día tras día de explosivas revelaciones de acoso sexual por parte de hombres de poder.
He estado escribiendo otro libro y, como escribo a mano, es necesaria una transcripción a máquina. Odio transcribir, pero lo cierto es que viene bien; conlleva un proceso natural de edición/reescritura que funciona bien.
El capítulo en cuestión se centraba en la palabra “Recordar” y la relacionaba con la oración, pero, mientras estaba transcribiendo, de repente me sorprendí incluyendo aquel recuerdo antiguo e inesperado en el libro, precisamente a mitad del capítulo. De repente, todo el episodio cobró vida en mi memoria y, con él, todos los sentimientos de vergüenza, de secretismo… Por supuesto, no lo conté a nadie por entonces, pero cuando la historia del ataque terminó por extenderse, burlonamente, por el barrio, sentí el efecto de la humillación como una bofetada en la cara.
Pero cuando el recuerdo aterrizó en el libro, no pude evitar pensar, “por el amor de Dios, ¿por qué habrá surgido esto ahora?”.
Podría deberse, valoré, a todas las historias sobre las recientes acusaciones aquí en Estados Unidos contra Matt Lauer y Al Franken y Garrison Keillor y tantísimos otros hombres amonestados o despedidos hace unos días. Creo que debió “accionar” ese recuerdo a un nivel subconsciente.
Y eso me ha llevado a reflexionar acerca de qué tipo de efecto subconsciente tienen sobre la sociedad en su conjunto todas estas historias; sobre las mujeres (y hombres también) víctimas de abusos; sobre los hombres que han abusado de otras personas (y mujeres que también han sido sexualmente violentas, porque también las hay).
¿Se enfrentan estas personas a sentimientos depresivos cuando estas historias hacen resurgir antiguos y enterrados sentimientos de vergüenza o miedo o ira o culpa?
¿Es posible que estemos, como sociedad, haciendo nuestras cosas —trabajando en nuestros negocios, cuidando de nuestras familias, etc. — con un sentimiento de turbación y sin saber exactamente por qué? ¿Qué efectos pueden estar sufriéndose… por todas partes?
Nuestra sociedad está ya en una situación tan triste —hay división, pérdida de fe, unas tendencias ciertamente inestables— que no puedo evitar preguntarme qué tipo de presión mental estará sufriendo la gente con esta nube de noticias sobre historias de agresiones sexuales y acoso (aunque me alegra que estén saliendo a la luz). Y lo digo porque sé que el abuso sexual es algo extendido, que no es una cosa anecdótica que sucede en la vida de unas mujeres o unos niños, sino que es una cosa de las que pasan con demasiada frecuencia. Y sé que algunos hombres han sufrido la crueldad del abuso sexual y ni siquiera encuentran una vía con la que procesarlo, porque esas vías van dirigidas sobre todo a mujeres que, en mi opinión, se llevan la peor parte.
Ser víctima de abusos sexuales crea desorientación; el abuso trae a la vida mentiras emocionales y mentales que nunca desaparecen completamente. Es una de las razones por las que resulta exasperante ver cómo los partidos políticos estadounidenses intentan decidir qué abusos son tolerables y cuáles merecen rechazo. Quizás haya varios “niveles” de acoso, pero desde los puestos de liderazgo hay que enviar un mensaje en relación a las agresiones sexuales mejor que el de “Bueno, sí, pero las consideraciones políticas también importan”.
En realidad no. Hemos permitido que tengan relevancia, pero no la tienen.
En mi opinión, los acosadores en serie, incluso si parecen “buenos tipos”, no deberían ocupar puestos de responsabilidad pública, ni tampoco aquellos que muestren espeluznantes intereses en tener ‘citas’ con personas mucho más jóvenes. Pero esta no es la cuestión principal de todo este asunto.
La cuestión es: si últimamente te sientes abatido anímicamente —si te sientes inexplicablemente triste, malhumorado, desconcentrado, furioso, avergonzado—, si sientes esa nube ofuscando tu mente, piensa que quizás toda la situación te esté afectando, aunque sea de modo subconsciente. Si crees que podría ser así, busca a alguien con quien hablar, encuentra una forma de procesar lo que estés sintiendo y lidiar con ello.
Todas estas revelaciones han creado un momento único en nuestra historia. Este el momento preciso en que tenemos que empezar a revisar nuestras vidas, ya hayamos sido víctimas o agresores de abusos sexuales, y procesar estas verdades. Hemos de tener el valor de decir la verdad y experimentar esos sentimientos, incluyendo sentimientos de humildad, allá donde hayamos dañado las vidas de otros.
Aquí hay un dicho: “La gente herida hiere a la gente”. Recuerdo a las personas que abusaron de mí, empezando a los 3 años y terminando algo después de los 16. Todos eran hombres, excepto una. Y sé que todos cargaban en su interior con algo roto. Lo sé porque todos nosotros cargamos con alguna herida en nuestro interior y porque “la gente herida hiere a la gente”. Porque todos hemos herido a alguien, de una u otra forma.
Esto no justifica nada, por supuesto, pero, personalmente, reconocer el daño en otros ha sido el camino para perdonarles, para poder continuar viviendo mi propia vida de forma productiva, con amor y con fe, sin caer en la catatonia. El perdón necesita habitar en mí para que florezca mi propia libertad.
No escribo nada de esto para hacer un llamamiento a la simpatía ni a la solidaridad, ni para despotricar sobre los hombres en general. Me encantan los hombres, las mejores personas que pueblan mi mundo resultan ser hombres y las mujeres que ellos aman.
Y no le estoy diciendo a nadie lo que debería hacer con su situación, excepto esto: si alguna vez han abusado de ti, reza por tener el valor y la confianza para hablarlo con gente buena y, entonces, háblalo. Si has sido un agresor, reza por el valor y la humildad para admitirlo y escuchar a las víctimas. Busca ayuda.
De lo contrario, quizás seamos testigos dentro de poco de una crisis nerviosa colectiva en nuestra sociedad. Nada bueno.
¡Que Dios nos ayude a todos en este pobre mundo roto y caído!
La portada del último número de la edición holandesa de la revista de moda pone por primera vez a una persona con trisomía 21
El último número de la revista de moda Vogue Living Nederland retrata a una mamá, la modelo y actriz Amanda Booth, junto a su hijo Micah de tres años, rubio como ella, con trisomía 21.
Una espléndida imagen que representa una absoluta novedad: por primera vez en la historia de las revistas de moda aparece en la portada una persona con Síndrome de Down.
«Es la primera vez que una persona con Síndrome de Down aparece en la portada de Vogue. ¡Que honor!» comentó feliz la modelo en las redes sociales. Además ella y el marido tienen una página Instagram muy seguida, LifewithMicah, dedicada a su hijo, donde comparten los momentos de la vida cotidiana de Micah, la belleza de ser padres, con el objetivo de mostrar cómo la vida de un niño con Síndrome de Down no es distinta a la de todos los demás.
También el papá lleno de orgullo declaró: «Es maravilloso. Gracias por haber dado voz a nuestros hijos»(Vanityfair.it).
La pareja está comprometida en asociaciones que se ocupan de personas con Síndrome de Down y en una organización de recaudación de fondos. Desean que su mensaje llegue a todos.
Amanda y Mike Quinones mostraron valentía desde el inicio, de hecho tras descubrir que estaban esperando un hijo no quisieron realizar los screening prenatales a propósito, porque, explicó la modelo, «no habría cambiado nada» (Vanityfair.it). ¡Que hermoso! ¿No te parece que es una opción contracorriente en relación a los tiempos que corren?
Así, descubrieron sólo en el nacimiento de Micah que había algún problema aunque, además de los ojos almendrados, su salud no presentaba particulares situaciones que hicieran pensar inmediatamente en la trisomía 21. El diagnóstico llegó cuando el bebé tenía tres meses y tras un momento inicial de preocupación todo prosiguió con serenidad:
«Al principio nos preocupamos, pensamos en las cosas terribles que se toparía. Pero luego, a medida que pasaban los días, nos preocupábamos menos. Nuestro pequeñito es tan increíble que me olvido completamente de su Síndrome de Down» (Vanityfair).
En una entrevista a la revista Mothermag.com Amanda añadió:
«No me centro en cada pequeño progreso de Micah. Vivimos simplemente nuestra vida, él es nuestro hijo». (Famigliacristiana.it)
“Él es nuestro hijo” es quizá una frase que se da por sentado, casi banal, sencilla, que encierra toda la verdad, el misterio de la vida y del amor.
¡Algunas veces las portadas de las revistas de moda regalan emociones únicas!
Trump dice que reconocerá a Jerusalén como capital de Israel pese a las protestas, el Pontífice hace un llamamiento para que la ciudad sagrada sea considerado territorio de paz
“Jerusalén es una ciudad única, sagrada para los judíos, los cristianos y los musulmanes, que veneran los Santos Lugares de sus respectivas religiones y tiene una vocación especial a la paz”, dijo el papa Francisco al final de la audiencia general del miércoles 6 de diciembre de 2017 realizada en el aula Pablo VI del Vaticano.
El papa Francisco ha hecho un llamamiento urgente para que se respete el statu quo de la ciudad de Jerusalén.
“Mis pensamientos ahora van a Jerusalén. En este sentido, no puedo dejar de expresar mi profunda preocupación por la situación que ha surgido en los últimos días y, al mismo tiempo, dirigir un sincero llamamiento para garantizar que todos se comprometan a respetar el statu quo de la ciudad, de conformidad con las pertinentes Resoluciones de las Naciones Unidas”, manifestó.
“Jerusalén es una ciudad única, sagrada para los judíos, los cristianos y los musulmanes, que veneran los Santos Lugares de sus respectivas religiones y tienen una vocación especial a la paz”, agregó el Sucesor de Pedro.
“Ruego al Señor que esta identidad se conserve y fortalezca en beneficio de la Tierra Santa, de Oriente Medio y el mundo entero y que la sabiduría y la prudencia prevalezcan, para evitar agregar nuevos elementos de tensión en un mundo ya convulsionado y marcado por muchos y crueles conflictos”, dijo Francisco.
Precisamente, el presidente norteamericano Donald Trump anunciará este miércoles cuál es su decisión sobre el tema que tiene en vilo a Medio Oriente: el traslado de la embajada de EE.UU en Israel desde Tel Aviv a Jerusalén.
La mayoría de los países musulmanes han protestado por la posible decisión que significaría el reconocimiento de la ciudad sagrada como capital de Israel.
Por décadas el estatus de Jerusalén ha sido objeto de contienda entre israelíes y palestinos que la reclaman como su capital.
Actualmente, la Comunidad Internacional no reconoce los reclamos de Israel y Palestina que en 1980, respectivamente, han declarado la ciudad como su capital. Los palestinos se asignaron la parte Este como sede de su estado y los israelíes toda la urbe.
Las tensiones están al rojo vivo luego de la informaciones que llegan desde la Casa Blanca. Los líderes árabes han llamado al presidente Trump para alertarlo de las consecuencias.
Así, en vísperas de la probable declaración oficial de Washington, el número uno de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abás, llamó al papa Francisco para que con un discurso impida la ‘implementación del plan’ de Donald Trump.
El director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Greg Burke, especificó que la conversación tuvo lugar “por iniciativa de Abás“.
Según informes de la agencia palestina Wafa, Mahmud Abás recurrió al presidente ruso, Vladimir Putin, al rey de Jordania, Abdullah II, y al presidente francés, Emmanuel Macron.
En particular, Abás informó a Putin de las “amenazas a la ciudad de Jerusalén” y al “grave impacto” que habrá en la región con el traslado de la embajada de Estados Unidos en Israel de Tel Aviv a Jerusalén.
El presidente de la ANP declaró: “Tenemos que movernos inmediatamente para proteger Jerusalén y sus santuarios islámicos y cristianos que están expuestos a riesgos”.
El mundo está en vilo ante la decisión del presidente Trump, a quien le corresponde firmar una medida para postergar el traslado de la embajada en Israel, algo que han hecho semestralmente todos sus antecesores en la Casa Blanca desde que en 1995 el Congreso aprobara la resolución.
Audiencia del Papa a comité palestino
Por otro lado, el papa Francisco ha recibido este miércoles antes de la audiencia general en el Vaticano a una delegación palestina, huésped del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, venida a Roma para explorar los caminos para la creación de un Grupo de trabajo permanente para el diálogo entre el Vaticano y la Comisión Palestina para el Diálogo Interreligioso.
Francisco aseguró que para la Iglesia Católica es una “alegría construir puentes de diálogo con la comunidad, personas y organizaciones”, y ciertamente, una “alegría particular hacerlo con personalidades religiosas e intelectuales palestinas”.
Asimismo, manifestó que para nosotros los cristianos, la “Tierra Santa es la tierra por excelencia del diálogo entre Dios y la humanidad. Un diálogo culminado en Nazaret entre el Ángel Gabriel y la Virgen María, un evento al que también se refiere el Corán”, manifestó.
Por tanto, el líder de la Iglesia católica ha acogido esta disposición a fortalecer el diálogo bilateral entre la Santa Sede y Palestina, para fomentar un mejor conocimiento y estima recíproca. De hecho, insistió, la “primera condición” del diálogo es el respeto mutuo.
El Papa recordó que este acercamiento ayudará a todos, en especial a los grupos palestinos y en particular a la pequeña comunidad cristiana, disminuida por la emigración.
En su discurso, el sucesor de Pedro también ha agradecido al presidente palestino, por su trabajo en favor de los cristianos palestinos.
Mi cuerpo se viene abajo. Gracia y fuerza se despiden.
Ahora solo queda una piedra, donde latía un corazón.
Pero en esta vieja carcasa aún vive un hombre joven.
Y mi maltrecho corazón se hincha.
Me acuerdo de las alegrías, me acuerdo de las penas.
Y vivo y amo, todos los días.
Pienso en los años, tan pocos y que se fueron tan rápido.
Acepto el hecho de que nada puede quedar.
Así que abrid los ojos. Abridlos y mirad.
Nada de viejo cascarrabias.
Mirad más de cerca. ¡Vedme a MÍ!
No asumas que el viejito de tu lado ya no ve nada. Él vive y siente como tú. En cada uno de nosotros late un corazón que se mantiene joven aunque el cuerpo se estropee. Recuerda las palabras de este anciano siempre que veas a una persona mayor, y compórtate como se merece. Comparte este poema con tus amigos y recuérdales que el corazón no envejece.
Un encuentro con Cristo durante el Adviento a través de «Reflexiones del Evangelio de Adviento» del Obispo Robert Barron
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El Adviento es un tiempo litúrgico de alerta, un tiempo de espera del Mesías. Es una época de oración, paz y preparación.
Sin embargo, para muchos de nosotros, las semanas previas a la Navidad están tan llenas de estrés y distracciones que terminamos perdiendo de vista lo más importante. No nos hacemos tiempo para orar; no logramos sentarnos tranquilos; y muy a menudo, llega la Navidad antes de que hayamos tenido la oportunidad de prepararnos espiritualmente para la alegría y la belleza que nos trae.
Esta es la razón por la cual Word on Fire (Palabra Ardiente) los invita a inscribirse en las Reflexiones del Evangelio de Adviento GRATUITAS del Obispo Robert Barron. El Obispo Barron es Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Los Ángeles; el locutor de CATOLICISMO, un documental innovador y galardonado sobre la fe católica; y uno de los católicos más seguidos en las redes sociales.
Para inscribirse, simplemente ingrese su dirección de correo electrónico aquí y oprima el botón “Inscríbame.” Después de inscribirse, recibirá un breve correo electrónico cada mañana de Adviento con un enlace al pasaje del Evangelio de ese día (para que pueda leer las Escrituras usted mismo), seguido de una breve reflexión sobre el pasaje por el mismo Obispo Barron.
¡Es como recibir una mini-homilía directamente en su correo electrónico cada día! Esta es una manera simple, rápida, pero impactante de compenetrarse del misterio de esta temporada, elevando los ojos y los corazones mientras oran: “Ven, Señor Jesús.”
¡Estamos deseosos de caminar con ustedes por este camino!
Cuando aconteció este pequeño gran milagro fue casi completamente ignorado por los medios de comunicación: miles de mujeres judías, musulmanas y cristianas recorrieron Israel, juntas, por la paz.
Recientemente, junto a la cantante israelí Yael Deckelbaum, lanzaron la canción “Prayer of the Mothers”, en la que estas mujeres de las tres religiones muestran que la paz es posible, y que por tanto es un deber.
Han sido congregadas por el movimiento “Women Wage Peace”, surgido en la precedente escalada de violencia entre israelíes y palestinos.
En este contexto, en octubre de 2016, mujeres judías y árabes lanzaron el proyecto Marcha de la Paz (“March of Hope” project), que entre sus muchas manifestaciones congregó a cuatro mil mujeres (mitad israelíes y mitad palestinas) en Qasr el Yahud (al norte del Mar Muerto).
Al mismo tiempo, otras quince mil mujeres exigían paz ante la residencia de los primeros ministros de ambos gobiernos, el palestino y el israelí.
A estas marchas se unió Leymah Gbowee, quien recibió el Premio Nobel de la Paz en 2011 por su contribución al final de la guerra civil en Liberia.
Nadie que sea indiferente a la guerra en Israel puede dejar de ver este vídeo, en el que una vez más se muestra cómo las mujeres, y en particular las madres, son la más increíble energía de paz en medio de los conflictos.
La cantante israelí Yael Deckelbaum y mujeres de distintas religiones se han unido para cantar esta canción “Oración de las madres”
Marko Vombergar | Aleteia | I.Media BOGOTA, COLOMBIA 06 SEPT 2017: A warm welcome for Pope Francis at the Nunciature in Bogota, Colombia on Sept. 6, 2017.
¿Por qué no se habla de eso? ¿Solo porque fue perpetrado por los comunistas?
El papa Francisco recordó este domingo a los cerca de 3,5 millones de víctimas de hambre provocada deliberadamente en los campos de Ucrania por las políticas del dictador comunista Joseph Stalin, de la antigua Unión Soviética, entre 1932 y 1933, para “colectivizar” granjas de ganado y tierras agrícolas.
El abominable episodio, llamado hoy de Holodomor, fue el más voluminoso, pero no el único del género: 1,5 millones de personas en Kazajistán y casi otro millón de habitantes del norte del Cáucaso y de regiones a lo largo de los ríos Don y Volga sufrieron suplicios semejantes, en la misma época, también causados intencionalmente por el gobierno comunista.
En un mensaje al pueblo ucraniano, el papa Francisco mencionó “la tragedia del Holodomor, la muerte por hambre provocada por el régimen estalinista que dejó millones de víctimas. Rezo por Ucrania, para que la fuerza de la paz pueda curar las heridas del pasado y promover caminos de paz”.
El genocidio ucraniano empezó debido a la resistencia de muchos campesinos del país a la colectivización forzada, una de las bases del régimen comunista por implicar la supresión de la propiedad privada. Los soviéticos confiscaron masivamente el ganado, las tierras y las granjas de los ucranianos y les impusieron castigos que iban desde trabajos forzados al asesinato sumario, pasando por brutales desplazamientos de comunidades enteras.
A pesar de haberse tratado del exterminio sistemático de un pueblo, aún no existe, en la llamada “comunidad internacional”, un reconocimiento amplio y claro del genocidio ucraniano. Algunas corrientes ideológicas evitan el término genocidio alegando que el Holodomor habría sido, a su ver, una consecuencia de “problemas logísticos” asociados a las radicales alteraciones económicas de la Unión Soviética. Es decir, algo que dejaría de ser ese algo porque llegó a ser algo como efecto colateral de alegadas buenas intenciones…
Es muy interesante observar que, recurrente y obstinadamente, se confeccionan teorías suavizares y condescendencias “técnicas” para regatear la verdad sobre el comunismo: esa aberración histórica jamás pasó, ni podría, de una monstruosidad tan odiosa y criminosa como el nazismo.
Además, al hablar de nazismo, prácticamente todo el mundo ya ha oído hablar del Holocausto. Mucha menos gente ha oído hablar del Holodomor. No se trata de comparar los horrores, sino de cuestionar el relativo silencio alrededor de éste en comparación con la amplia divulgación que se da a aquél, sin que ninguno de estos episodios atroces sea “menos grave” o “más grave” que el otro. Sólo hay relativización moral del exterminio humano, finalmente, en la mente de quien lo instrumentaliza.
Pero es un hecho que prácticamente todo el mundo que tiene acceso a los medios de comunicación ya ha oído decir que Hitler mató a 6 millones de judíos en los campos nazis de concentración entre 1933 y 1945 (aunque se preste menos atención al hecho que ese exterminio sistematizado también se extendió a minorías menos recordadas, como gitanos, polacos, prisioneros de guerra soviéticos, discapacitados físicos y mentales, homosexuales, además de minorías clamorosamente “olvidadas”, como las víctimas católicas – san Maximiliano Kolbe y santa Teresa Benedicta de la Cruz son dos ejemplos ilustres de entre muchos otros casi ignorados, pero bastan para cuestionar la campaña de desinformación orquestada por quien acusa a la Iglesia de haber sido “cómplice” de aquella carnicería).
Sin que se disminuya en nada, por lo tanto, la necesidad imperiosa de reconocer el horror a que fueron sometidos cobardemente el pueblo judío y las otras minorías perseguidas por el nazismo, es necesario observar paralelamente que, comparativamente, mucho menos gente ya ha oído decir que Stalin mató, poco antes, a 6 millones de ucranianos, kazajos y otras minorías soviéticas mediante la imposición de hambre masiva.
Y también son aún muy pocos los que saben de los otros 14 millones de personas que fueron asesinadas por el comunismo sólo en la Unión Soviética, por no hablar del resto de víctimas en una lista aterradora de seres humanos exterminados por el mismo comunismo en todo el mundo a lo largo del siglo XX:
65 millones en la República Popular de China
1 millón en Vietnam
2 millones en Corea del Norte
2 millones en Camboya
1 millón en los países comunistas del Este de Europa
1,7 millón en África
1,5 millón en Afganistán
150 mil en América Latina
10 mil como resultado de las acciones del movimiento internacional comunista y de los partidos comunistas fuera del poder.
Esta suma petrificante de 94,4 millones de personas exterminadas por los regímenes comunistas es estimada por los autores de “El Libro Negro del Comunismo: Crímenes, Terror, Represión”, una obra colectiva de profesores e investigadores universitarios europeos encabezados por el francés Stéphane Courtois.
Como el libro es de 1997, éste obviamente no abarca las muertes cometidas de allá hasta acá en las regiones que continuaron sujetas a ese régimen y a sus métodos esencialmente opresivos, como China y Corea del Norte; ni, está claro, en las regiones que retrocedieron en su trayectoria democrática para reeditar esa aberración histórica – como la Venezuela de Chávez, Maduro y sus comparsas del Foro de São Paulo.
En una época en que las farsas de sesgo socialista vuelven a presentarse al mundo como “liberadoras del pueblo” (nuevamente, véase Venezuela, pero véase también las modalidades del “reajuste de la riqueza” practicadas por gobiernos de ideología socialista en países como Cuba, Argentina e incluso Brasil), la verdad sobre el comunismo suele “evitarse” en las televisiones y en los “grandes” diarios y revistas al servicio de ese proyecto de poder – que no es exactamente un poder “del proletariado”, como predica, descaradamente, su propaganda (a este propósito, nunca está demás recordar el magistral resumen hecho por George Orwell sobre la “igualdad” realizada por el comunismo: “Todos son iguales, pero algunos son más iguales que otros”).
Dentro de este contexto ideológico y de tergiversación de los hechos que es una característica suya indisociable, es digno de aplausos que el papa Francisco haya dado nombre a los bueyes – así como lo dio al otro genocidio ampliamente “olvidado” por el mundo hasta recientemente: aquel que la Turquía otomana perpetró contra la Armenia cristiana en 1915.
Yo vuelo a Ti, Sagrado Corazón de mi Salvador, porque tú eres mi refugio, mi única esperanza.
Tú eres el remedio para todas mis miserias, mi consuelo en todas mis angustias, la reparación de todas mis infidelidades, el suplemento para todas mis deficiencias, la expiación por todos mis pecados, y la esperanza y fin de todas mis oraciones.
Tú eres el único que nunca se cansa de mí y el único que puede soportar mis defectos, porque Tú me amas con un amor infinito.
Por lo tanto, Oh Dios mío, ten piedad de mí de acuerdo tu gran misericordia, y haz de mí, y para mí, y en mí, lo que sea que Tú quieras, porque yo me entrego enteramente a Ti, Corazón divino, con la plena confianza de que Tú nunca me rechazarás.