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El nuevo desorden mundial

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Rusia busca recuperar su papel hegemónico. El Estado Islámico prosigue su política de terror. China se apresta a traducir su poder económico en influencia geopolítica. Estados Unidos pierde fuerza. El mundo, frente a nuestros ojos, se transforma.

Cuando los cuerpos y las pertenencias de 298 personas cayeron del cielo el 17 de julio de 2014 y permanecieron dispersos y sin consagrar en los campos del este de Ucrania, la claridad pareció seguir en el silencio.

Poco importa ya si la acusación contra el presidente Putin es por incitar directamente a quienes derribaron el avión o por la imprudencia temeraria de haberlos abastecido de armamento. Al reafirmar su apoyo a la secesión, Putin ha tomado una decisión, y depende de los líderes de Occidente tomar las suyas. Poco importa ya si Occidente atrajo a esta nueva Rusia al expandir agresivamente a las fuerzas de la otan hasta su frontera. Ahora lo que importa es ser muy claro a fin de que las responsabilidades políticas recaigan adonde deben hacerlo, las acciones tengan consecuencias, los aliados vulnerables que están en la frontera con Rusia reciban garantías de seguridad y estas garantías resulten creíbles.

También importa comprender, sin hacerse ilusiones pero también sin alarmarse, el nuevo mundo al que nos han arrojado la anexión de Crimea y el derribo del vuelo mh17.

El horror en Ucrania no es la única sorpresa que trae claridad a su paso. Con la proclamación de un califato terrorista en las regiones fronterizas de Siria e Iraq, la disolución de la configuración de Estados que establecieron Mark Sykes y François Georges-Picot en su tratado de 1916 se dirige a un feroz desenlace. El autoproclamado Estado Islámico es algo nuevo bajo el sol: terroristas-extremistas con tanques, pozos petroleros, territorios propios y una habilidad escalofriante para dar publicidad a las atrocidades. El poder aéreo es capaz de detener su avance pero no de derrotarlos, y las fuerzas terrestres con que cuenta Estados Unidos –los peshmergas kurdos– van a tener más que suficiente con defender su patria. En Siria, Assad ha entregado las provincias del desierto al Estado Islámico. En cuanto a los iraquíes, los chiíes defenderán sus lugares sagrados en el sur, pero no pueden retomar Mosul, al norte.

Si, como parece probable, el califato resiste, en la región no habrá ningún Estado seguro. Israel puede, una vez más, “cortar el pasto” en Gaza, pero bombardear civiles no le asegura un futuro pacífico. Hasta que palestinos e israelíes reconozcan que hay un enemigo al que deben temer más de lo que se temen entre sí –la absoluta desintegración del orden mismo– no habrá paz en su región.

En el este asiático, las fuerzas navales de China y Japón se vigilan mutuamente, plataformas petroleras chinas perforan en aguas que están en disputa y, entre las capitales asiáticas, vuelan acusaciones beligerantes. China no habla ya el idioma del “ascenso silencioso”. La musculosa política exterior de Xi Jinping causa alarma en Vietnam, Corea del Sur, Japón, Taiwán, Filipinas y Estados Unidos.

Intuimos que todos estos elementos de discordia se relacionan, pero resultaría simplista afirmar que el elemento común es la incapacidad de Barack Obama para dominar la conmoción de la época que vivimos. Eso sería asumir que una administración estadounidense más sabia habría sido capaz de mantener la unidad de las placas tectónicas de un orden mundial que la ascendente presión volcánica del odio y la violencia está separando.

El derribo del vuelo mh17 y el surgimiento del califato nos hacen repensar qué era lo que mantenía unidos esos dos patrones. Hasta que se desvaneció la esperanza de la Primavera Árabe, las clases medias moderadas y globalizadas de la región creían tener el poder para marginar a las fuerzas de la furia sectaria. Debemos haber imaginado que con internet, los viajes aéreos globales, Gucci en Shanghái y bmw en Moscú, el mundo se volvía uno. Caímos víctimas de la ilusión que acarició la generación de 1914: que la economía tendría más fuerza que la política y que el comercio global limaría las rivalidades imperialistas.

Esa impresión se tenía al inicio. En la fase de globalización, que comenzó después de 1989, Rusia abasteció de gas a Alemania; Alemania abasteció a Rusia de bienes manufacturados e industriales medulares; China adquirió la deuda del Tesoro de Estados Unidos y Apple manufacturó sus gadgets en China. Pensamos que, al menos por un tiempo, con la llegada de internet, una herramienta global de información compartida consignaría la arraigada hostilidad ideológica de la Guerra Fría a la historia.

En realidad, la tercera fase de globalización no creó más convergencia política de la que destruyó la primera fase en 1914 o la segunda que llegó a su fin en 1989. Resultó que el capitalismo es promiscuo en lo político. En vez de contraer matrimonio con la libertad, el capitalismo estaba igualmente feliz metiéndose a la cama con el autoritarismo. De hecho la integración económica agudizó el conflicto entre las sociedades abiertas y las cerradas. Desde la frontera de Polonia hasta el Pacífico, desde el Círculo Ártico hasta la frontera con Afganistán, comenzó a formarse un nuevo competidor político de la democracia liberal: autoritario en su forma política, capitalista en su economía y nacionalista en su ideología. Lawrence Summers ha llamado a este nuevo régimen “mercantilismo autoritario”. La expresión sugiere el papel central del Estado y de las empresas estatales en las economías rusa y china, pero resta énfasis al crudo elemento del amiguismo, fundamental para los gobiernos de Pekín y Moscú.

Gracias a la globalización misma, el capitalismo autoritario –permítanme llamarlo así– se ha convertido en la principal competencia de la democracia liberal. Sin acceso a los mercados globales, ni Rusia ni China habrían sido capaces de deshacerse de una economía estilo comunista mientras se aferran a una política que sí lo es.

Las economías rusa y china están abiertas a las presiones competitivas de los sistemas de precios globales, pero la distribución de la recompensa económica –quién se enriquece y quién queda sumido en la pobreza– todavía la determina, en gran medida, el aparato estatal centralizado que está en manos del presidente y sus camaradas. Rusia y China son oligarquías “extractivas”: a excepción de unos cuantos miembros de un grupo, los ciudadanos no tienen acceso a los frutos del poder económico y político. En ambas sociedades, el Estado de derecho y el sistema judicial independiente solo existen en el papel. Tanto los oligarcas como los disidentes saben que si montan cualquier ofensiva política contra el régimen se usará la ley para aplastarlos.

Los expertos occidentales no dejan de insistir en que los chinos y los rusos son aliados, no rivales. Es cierto que, cuando ambos países eran comunistas, llegaron a los golpes en una fecha tan reciente como 1969. Aun hoy, más que una convicción, el suyo es un “eje de conveniencia”. Stephen Kotkin ha señalado que el intercambio comercial entre ellos es mucho menor que el que tienen con Occidente. Pero los dos países han descubierto una verdad que los mantendrá unidos aún con más fuerza en el futuro: han aprendido que la libertad de mercado capitalista es lo que permite a sus oligarquías conservar el control político. Entre más libertades privadas les permitan a sus ciudadanos, menos demandarán libertades públicas. La libertad privada –vender y comprar, heredar, viajar, la posibilidad de quejarse en la intimidad– mantiene el descontento a raya. Más aún, la libertad privada permite crecimiento, algo imposible bajo control del Estado.

Ahora, a la luz de lo ocurrido con el vuelo mh17 y del conflicto en Crimea, los “autoritarios internacionales” enfrentan una disyuntiva: dejar de desafiar a Occidente o arriesgarse a fracturar la globalización misma.

En la espiral descendente de ira y recriminaciones por Ucrania, cada una de las facciones del conflicto busca reducir el grado en que se expone económicamente al otro. Putin ha prohibido las importaciones agrícolas provenientes de los países que le han aplicado sanciones, amenaza con cerrar el espacio aéreo siberiano a las aerolíneas occidentales y quiere reducir la importación de maquinaria alemana y de tecnología de defensa occidental.

De pronto reaparecen en la agenda rusa la sustitución de las importaciones y la autarquía, dos ideas que llevaron al mundo comunista a un callejón sin salida económico. A la vez, los alemanes quieren reducir su dependencia del gas ruso y los chinos su dependencia del petróleo que proviene de la volátil zona del Medio Oriente. En la nueva atmósfera de paranoia mutua, los Estados no quieren comprar hardware o software que provenga del otro lado por miedo a que sus sistemas de defensa y de inteligencia queden expuestos a una filtración. En esta carrera por la seguridad, los aliados solo quieren hacer negocios con aliados. Los estadounidenses y los europeos seguramente tratarán de acelerar un amplio pacto de libre comercio entre ellos para reducir su dependencia de los nuevos autoritarios.

A la vez, ninguna de las partes quiere volver a la Guerra Fría, en especial los rusos y los chinos, que necesitan la globalización para hacer crecer sus economías y para contener el descontento doméstico. Por el momento, el flujo de importaciones y exportaciones que realmente se ven afectadas por las sanciones sigue siendo mínimo, en comparación con los gigantescos volúmenes del comercio global. Sin embargo, tanto para los líderes de Oriente como para los de Occidente, existe la tentación de impulsar a sus economías hacia atrás, hacia la autarquía, en nombre de la autoconfianza, a medida que descubren hasta qué grado su margen de maniobra política está constreñido por su dependencia económica con el otro bando. Ninguno de estos líderes quiere destruir la globalización, pero quizá ninguno de ellos pueda controlar en su totalidad el retroceso hacia un pasado autárquico.

La autarquía ya gobierna el mundo virtual de la información. En una era que supuestamente debía traernos una información global común, basada en un internet sin fronteras, resulta increíble lo autárquicos que se han vuelto los sistemas de información de cada uno de los bandos. Hace mucho tiempo que China impuso un control soberano sobre su internet, y policías espían y patrullan las fronteras de la “Great Firewall” para asegurarse de que los refunfuños del chat jamás se eleven al nivel de una amenaza contra el régimen. El Kremlin ha envuelto a su pueblo en una burbuja propagandística tan efectiva que, como dijo Angela Merkel hace poco, hasta el mismo Vladimir Putin está encerrado “en su propio mundo”.

A medida que Rusia y China reducen su grado de exposición económica con el otro y crean universos paralelos pero cerrados de información, los nuevos autoritarios están recurriendo a los mercados y a las reservas energéticas de uno y otro. En un encuentro reciente, Putin y Xi Jinping firmaron un acuerdo energético y de infraestructura a largo plazo que selló una alianza estratégica de tres décadas. Sus viejas disputas fronterizas han estado suspendidas desde el acuerdo que suscribieron en 2005. Después de haber descuidado su lejano oriente durante mucho tiempo, ahora Rusia acepta la hegemonía de los chinos en la región del Pacífico. Lo que hace que esta alianza autoritaria sea estable –aunque carezca de amor– es que China desempeña el papel de la pareja dominante mientras que Putin se encarga de los gemidos ideológicos.

Lo que Putin deja asentado, con una claridad ponzoñosa, desde luego, es su resentimiento hacia el “Leviatán liberal”, Estados Unidos y su red global de alianzas envolventes. En esto, tiene a un socio dispuesto en China. Mientras que para Occidente Crimea y el vuelo mh17 marcaron el momento en que se desmoronó el orden internacional posterior a 1989, para los rusos y los chinos la fractura ocurrió quince años atrás, cuando los aviones de la otan bombardearon Belgrado y alcanzaron a la embajada china. Ese momento unió a los autoritarismos chino y ruso en el panorama mundial. El precedente de Kosovo –la secesión unilateral de una gran potencia, orquestada sin el consentimiento de Naciones Unidas– dio a Putin el pretexto para actuar en Crimea, con la cautelosa aprobación de Pekín.

En los días por venir, no hay duda de que los autoritarios usarán sus asientos en el Consejo de Seguridad para defender al dictador sirio y obstaculizar la intervención humanitaria multilateral en cualquier sitio donde sus intereses estén directamente involucrados. Ambos países han sido los principales beneficiarios estratégicos de los reveses estadounidenses en Levante y, si con certeza podemos predecir más caos y violencia en Medio Oriente, será porque a ambos les conviene permanecer ahí desempeñando su papel de saboteadores, dejando que Estados Unidos cargue con toda la culpa de que la configuración estatal se haya fragmentado, desde Trípoli hasta Bagdad.

Ahora las preguntas fundamentales son si los nuevos autoritarios tienen estabilidad y si son expansionistas. Las oligarquías autoritarias pueden tomar decisiones rápidamente, en tanto que en las sociedades democráticas es necesario luchar para vencer a la oposición, a la prensa libre y a la opinión pública. También pueden canalizar sin contratiempos emociones nacionalistas a través de aventuras militares en el extranjero. Después de la toma de Crimea, los vecinos de China en Asia deben estar preguntándose en qué momento el régimen de Pekín empezará a usar la “protección” de los chinos como excusa para entrometerse en sus asuntos internos.

Sin embargo, las oligarquías autoritarias también son frágiles. Deben controlarlo todo o pueden perder el control de todo. Bajo los gobiernos de Stalin y de Mao la aspiración cada vez mayor que la gente tenía de ser escuchada fue aplastada mediante la fuerza. Bajo el capitalismo autoritario tiene que permitirse cierto grado de libertad privada. Pero, a medida que crecen sus clases medias, también lo hacen sus demandas por expresar su voz política y ese tipo de exigencias pueden resultar desestabilizadoras. La desestabilización de China llegó en 1989 en la Plaza de Tiananmén. A fines de 2011 y 2012 manifestaciones masivas en Moscú retaron al régimen ruso. Ambos regímenes sobrevivieron reprimiendo severamente el descontento doméstico, proscribiendo la ayuda externa a las organizaciones internas de derechos humanos y llevando a cabo aventuras militares en el extranjero, diseñadas para distraer a la clase media con causas nacionalistas unificadoras.

La nueva agresividad de China en Asia está impulsada por muchos factores, incluida la necesidad de hallar suministros energéticos fuera de sus costas, pero también por un deseo de reanimar a su ascendente clase media en torno a lo que Xi Jinping denomina el “sueño chino”: una visión estratégica en la que China desplaza a los estadounidenses como hegemonía regional en Asia.

La administración del presidente Obama se ha vuelto hacia la región asiática para enfrentar el desafío chino, pero menospreció a los rusos hasta los sucesos de Crimea. Dio por hecho que Putin estaba a la cabeza de una sociedad decrépita, deteriorada demográfica y económicamente. Fue ilusorio pensar así. La abundancia de recursos naturales de Rusia da a Putin una fuente de ingresos estatales, mientras que la libertad privada funciona como una válvula de seguridad que permite al régimen contener el descontento democrático. Los nuevos autoritarios se encuentran estables, y resulta complaciente suponer que se encaminan al colapso bajo el peso de la contradicción que existe entre libertad privada y tiranía pública. Hasta ahora han manejado esta incompatibilidad con suficiente pericia como para brindar poder a sus gobernantes y riqueza a su pueblo.

Los nuevos autoritarios tampoco carecen de “poder suave”. Su modelo es atractivo para las élites corruptas y extractivas de todas partes, incluso en Europa oriental, donde el disidente húngaro convertido en populista autoritario Viktor Orbán eligió la semana posterior al derribo del vuelo mh17 para proclamar su visión de Hungría como una “democracia iliberal”.

Los nuevos autoritarios tampoco carecen de una aparente legitimidad. El Partido Comunista chino se vende a sí mismo como una meritocracia, y con cada pacífica renovación de su cúpula dirigente se fortalece este principio de legitimidad. La de Putin es más incierta porque su oligarquía es todo menos meritocrática. Para construir el apoyo popular ha protegido a la Iglesia, ha fomentado una tóxica nostalgia por Stalin e incluso se ha presentado como el heredero del conservadurismo orgánico de la intelligentsia rusa del siglo XIX.

Por ejemplo, ordena a sus gobernadores regionales leer las obras de Ivan Ilyin, pero de seguro no los volúmenes en los que el conservador antibolchevique reivindicaba un país redimido por “la conciencia de la ley”. La camerata ideológica de Putin ha dado nueva vida a Konstantin Leontiev, otro eslavófilo conservador del siglo XIX, pero no al Leontiev que públicamente despreciaba la homofobia. En la China y la Rusia oficiales, la beligerancia contra la igualdad homosexual no es una característica accidental, sino algo imprescindible para la imagen que tienen de sí mismas como baluartes contra el decadente relativismo moral de Occidente.

Sin embargo, en particular los nuevos autoritarios hacen un llamado nacional, no universal, a la legitimidad. Mao pudo haber alentado a los maoístas desde Perú hasta París, pero el actual régimen revolucionario no tiene tales ambiciones y resulta poco probable que Putin proclame, como Stalin, que su país es una inspiración para todos aquellos que buscan emanciparse del yugo capitalista.

El constante reto de tener la casa en orden mantiene a raya las ambiciones globales de los gobernantes chinos. Saben que aún hay varios cientos de millones de campesinos pobres a los que es necesario integrar a la economía moderna. Pasarán décadas antes de que su renta per cápita se acerque a niveles occidentales. Putin sabe también lo miserablemente pobres que todavía son las regiones más alejadas de Rusia después de quince años bajo su gobierno. Como resultado, ni China ni Rusia están en posición de abandonar la integración económica mundial, ni pueden apostar más que a la hegemonía en sus respectivas regiones.

Aun así, todavía no hay respuesta para la pregunta por la manera en que Rusia y China definen sus regiones y sus esferas exclusivas de influencia. En particular, las acciones de Putin han hecho de este un asunto inaplazable. Como exagente de la kgb el momento de más oscuridad de Putin fue la quema de libros de claves soviéticos en la sede de la agencia en Dresde, en noviembre de 1989. Seguramente debe sentir nostalgia por el terror que el Estado soviético era capaz de infundir en sus enemigos, tanto en el interior como en el extranjero. Putin es un sibarita del miedo, pero cualquier auténtico maestro del arte del terror debe saber hasta dónde puede llegar. Aparentemente, Putin comprende los límites de sus capacidades intimidatorias.

A pesar de su discurso de “proteger” a los rusoparlantes en el “extranjero cercano”, parece poco probable que Rusia intervenga en alguno de los Estados bálticos, siempre y cuando el artículo 5 de la otan sobre la garantía de seguridad no pierda credibilidad. Putin estará satisfecho con mantener a los pueblos bálticos en el qui vive, obligándolos a respetar los derechos de las minorías rusas y a gastar en defensa más de lo que les gustaría. Tampoco tocará a Polonia, la República Checa, Rumania, Bulgaria o los Estados balcánicos. Putin acepta que ellos han abandonado su órbita, aunque su servicio secreto hará todo lo posible para desestabilizar la política de esos países.

Sin embargo, Georgia y Ucrania están en la frontera con el mar Negro y esto hace que su posición sea de vital interés nacional para Rusia. Si cualquiera de los dos cediera a la otan el derecho a tener una base en el mar Negro, eso tendría un efecto en el acceso de Rusia hacia el Mediterráneo, a través de los estrechos de Turquía y, por lo tanto, limitaría el papel ruso como potencia en Medio Oriente. Estas preocupaciones estratégicas serían totalmente reconocibles al conde Gorchákov o a cualquier diplomático zarista del siglo XIX. Igualmente tradicional –e igualmente ruso– ha sido que Putin estableciera relaciones privilegiadas con las cleptocracias musulmanas en su frontera sur. Desde tiempos zaristas, los corruptos gobernantes musulmanes han sido sus tributarios.

Puede que los objetivos estratégicos de Putin sean tradicionalmente rusos, pero es justamente esto lo que alarma a los nacionalistas ucranianos. Antes del derribo del vuelo mh17, antes de que redoblara su apoyo a la insurrección del este de Ucrania, era razonable suponer que sus metas estratégicas eran limitadas y creer que quería desestabilizar a Ucrania sin necesidad de hacerse cargo de sus múltiples problemas. También era razonable suponer que se sentía feliz de que Estados Unidos cargara con el peso de corregir la desplomada economía de Ucrania.

Tras el derribo del vuelo mh17, después de que las fuerzas ucranianas cercaran Donetsk y cortaran las líneas de abastecimiento que los insurgentes tenían con la misma Rusia, predecir el camino que tomará Putin se ha vuelto más complicado. ¿Redoblará esfuerzos una vez más para romper el cerco de los separatistas? ¿Intentará estabilizar un enclave ruso y congelarlo en el sitio, tal y como lo ha hecho con territorios-clientes dentro de Moldavia y Georgia? ¿O hará un recuento de sus pérdidas y entregará a los separatistas por el bien de una paz geoestratégica y una mayor integración global? Putin se ha arrinconado a sí mismo y, aunque buscar la paz parece razonable, no lo ha sido en lo que a Ucrania se refiere.

Tampoco está confrontado con fuerzas racionales. Ucrania no es un tablero de ajedrez, y los juegos geoestratégicos que se llevan a cabo allí siempre logran salirse del control de quienes los inician. Justo debajo de la superficie bullen emociones de fuerza volcánica, potenciadas por dos narrativas genocidas que compiten entre sí –una, rusa; la otra, ucraniana–, que se niegan a reconocer la verdad del otro. La narrativa rusa que presenta a los nacionalistas ucranianos como fascistas explora el hecho de que, efectivamente, muchos ucranianos dieron la bienvenida a los nazis durante la invasión de 1941 y algunos se convirtieron en colaboradores de los alemanes en el exterminio de sus vecinos judíos.

Según la narrativa ucraniana con la que compite, Putin busca imponer de nuevo el dominio soviético; el mismo dominio que tuvo como resultado la inanición forzada de millones de campesinos ucranianos entre 1931 y 1938. En las “tierras de sangre” de Ucrania, la memoria de aquella hambruna –llamada el Holodomor– confronta la memoria del Holocausto. No es que los provocadores –quienes explotan este pasado venenoso con el propósito de dividir– estén solo del lado ruso. Hay nacionalistas ucranianos armados y enardecidos a quienes nada les gustaría más que provocar al oso ruso. Se necesitaría apenas una chispa para que Ucrania quedara envuelta en llamas y los rusos intervinieran, esta vez, con toda su fuerza, a fin de “proteger” a las etnias rusas consolidando un Estado en el este, contiguo a la frontera rusa.

Una política occidental inteligente debe mantener este caldero por debajo del punto de ebullición ayudando a Ucrania a vencer la secesión lo antes posible. Una vez lograda la victoria militar, es posible conciliar, y solo entonces Occidente puede usar su influencia para someter a los extremistas ucranianos que buscan imponer una paz cartaginense. Los expertos occidentales en constituciones deberían ayudar a Ucrania a transferir poder a las regiones y a garantizar a los rusoparlantes un lugar de pleno derecho en el futuro político del país. A largo plazo, Europa debería darle a Ucrania un itinerario para acceder a la Unión Europea. Las instituciones financieras internacionales deberían emplear los préstamos condicionados para obligar a la corrupta élite política ucraniana a hacer una limpieza en casa. En 1994, cuando Ucrania entregó sus armas nucleares, Estados Unidos y Gran Bretaña se negaron a garantizar su seguridad. Ahora, tras las amenazas a la soberanía ucraniana, la otan sencillamente tendrá que hacerlo. La finlandización –neutralidad para Ucrania– no es una alternativa con la que se pueda trabajar mientras Crimea permanezca anexionada y continúe el riesgo de un nuevo enclave ruso en Ucrania oriental.

En Europa y en Estados Unidos resultará difícil persuadir al público, atónito y profundamente temeroso de la guerra, de que acepte todo esto. Incorporar a Ucrania a la Unión Europea y protegerla a través de las fuerzas de la otan es decir “más Europa”, algo difícil de vender en una época en que tantos europeos quieren menos Europa. Muchos reformistas ucranianos y muchos líderes europeos consideran prematuro unirse a la otan.

Por reticentes que se muestren los europeos, permitir que Europa se divida en dos, mientras a las puertas de la frontera sureste languidecen naciones como Ucrania, es una receta para que estalle la guerra civil y se dé el expansionismo ruso. Hasta que ocurrió el derribo del vuelo mh17 resultaba imposible convencer al electorado de Europa occidental de que esto es así. A partir de lo sucedido con el vuelo mh17, se ha vuelto más fácil.

El reto más difícil consiste en imponer sanciones a los rusos sin lanzarlos a los brazos de los chinos. Mantener las líneas abiertas para estos dos autoritarios, mientras se obliga a uno a pagar el precio por el derribo del vuelo mh17 y por Crimea, requiere de un criterio sofisticado. Esto es más que un mero ejercicio de compensación de señales a los competidores autoritarios. Lo que está en juego en esta calibración de sanciones es la dirección que tomará la globalización en el futuro, tanto si la economía mundial se inclina hacia una mayor apertura como si lo hace en dirección a la autarquía.

Es necesario diseñar una política para no volver a caer en la autarquía, sobre todo en medio de un clima de furia y recriminación. Una economía internacional abierta –en la que los mercados de capitales no estén politizados, y en la que pueblos libres comercien con los que no lo son– ha sido, en general, algo bueno para todos, aun cuando significa que los regímenes autoritarios son capaces de estabilizar un orden extractivo y predador.

Si la globalización ha sido algo bueno para la democracia liberal y para el capitalismo autoritario, es importante no ahondar la separación que existe entre ellos y orillarlos hacia un abismo infranqueable. Hay quienes sentirán que es refrescante odiar a Putin y gente de su calaña, pero esa es una guía muy pobre para establecer una política. El único orden global que tiene alguna oportunidad de mantener la paz es un orden pluralista que acepte que existen sociedades abiertas y sociedades cerradas; algunas libres y otras autoritarias. Un orden pluralista es aquel en que vivimos con líderes que apenas podemos tolerar y sociedades cuyos principios tenemos buenas razones para despreciar.

Podemos y debemos contener a los nuevos autoritarios, pero hace falta recordar que la doctrina de contención de George Kennan no buscaba derribar los regímenes autoritarios de su tiempo ni tampoco convertirlos a la democracia liberal. Más bien, su doctrina pretendía evitar la guerra en un mundo pluralista y darle a la democracia liberal el tiempo necesario para crecer y prosperar en una competencia pacífica con el otro bando. Quienes hacen un llamado para que exista un frente ideológico unido, un credo liberal combatiente, harían bien en recordar lo que respondió Isaiah Berlin cuando se le pidió un credo entusiasta para los liberales de la Guerra Fría:

En verdad no creo que la respuesta al comunismo sea una fe contraria, de igual fervor y militancia, etcétera, porque hay que luchar contra el demonio con las mismas armas que el demonio. Para empezar, nada es más propenso a la creación de una “fe” que reiterar constantemente que la buscamos, que debemos encontrarla, que estamos perdidos sin ella, etcétera.

Durante la Guerra Fría la autodramatización ideológica llevó a Estados Unidos al macarthismo y al aventurismo militar en el extranjero, desde Vietnam hasta Nicaragua. Además, no es nada convincente involucrarse en una batalla ideológica en el extranjero a favor de la democracia liberal, cuando resulta tan evidente que primero se necesita renovarla en casa.

El poderío estadounidense no ha perdido su arrolladora credibilidad, siempre y cuando se use en pequeñas cantidades, con perspicacia y cuidado. El verdadero problema es la disfunción democrática que existe en casa: el impasse que se ha extendido a lo largo de toda una generación entre el Congreso y el Ejecutivo, lo polarizadora y poco realista que se ha vuelto la discusión política, el estrepitoso fracaso para controlar el denigrante poder que tiene el dinero en la política, mientras que la desigualdad es más flagrante que nunca. El resultado es el debilitamiento de los bienes públicos compartidos y una desilusión cada vez más grande con la democracia misma. Otras democracias enfrentan retos parecidos pero logran contrarrestar la influencia del dinero sobre la política y han podido lograr de nuevo un equilibrio de su sistema político para que el Ejecutivo y el Legislativo funcionen con efectividad. En la guerra de ideas con los nuevos autoritarios es bueno saber que hay una gran variedad de democracias liberales a la vista, una gran variedad de formas posibles de “llegar a Dinamarca”.

Sin embargo, la estadounidense sigue siendo la democracia cuya salud determina la credibilidad misma del modelo liberal capitalista. El medio siglo transcurrido desde la guerra de Vietnam no ha sido una época feliz para Estados Unidos, ni en lo doméstico ni en lo internacional, pero una serie de tenebrosas narrativas acerca del declive secular estadounidense, por mucho ahínco con el que los enemigos de Estados Unidos puedan absorberlas, parece hacer a un lado la histórica capacidad de los estadounidenses para renovarse institucionalmente: en la era progresista, el New Deal, la Nueva Frontera. Tampoco toma en cuenta los datos duros respecto a la posición dominante que tienen las compañías estadounidenses en las tecnologías que están moldeando el siglo XXI.

Si Vladimir Putin y Xi Jinping –e incluso el Estado Islámico– apuestan por el declive de Estados Unidos llevan todas las de perder. A la vez, no cabe duda de que Richard Haass, presidente del Consejo para Relaciones Exteriores, está en lo cierto cuando afirma que una política exterior capaz de enfrentar el doble reto del nuevo autoritarismo y del nuevo extremismo debe comenzar con un esfuerzo sostenido de construcción nacional.

De continuar la disfunción democrática, se corre el riesgo tanto de una parálisis interna como de un horrendo afán de aventuras militares en el exterior, en vista de que las administraciones estadounidenses –igual que sus rivales autoritarios– se vean tentadas a distraer el descontento doméstico con guerras en el extranjero. Después del vuelo mh17, Crimea, el sangriento califato que crece en las riberas del Tigris, y la creciente tensión en el mar de China, no necesitamos violentas aventuras en el extranjero y menos aún palabras que no estén sustentadas en acciones. Necesitamos una Europa y un Estados Unidos cuyos pueblos vuelvan a creer en sus propias instituciones y en sus reformas, y acepten la oportunidad de probar de nuevo que son capaces de sobrevivir a sus adversarios, tanto autoritarios como extremistas. ~

 

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Traducción de Laura Emilia Pacheco.

Aparecido originalmente en The New York Review of Books.

Muere «Jane Roe», la mujer clave del caso que legalizó el aborto en EEUU y que luego se arrepintió

febrero 18 de 2017

Norma McCorvey consiguió en 1973 que el Supremo le diera la razón a su decisión de interrumpir su embarazo no deseado, convirtiéndose en un icono de los movimientos por los derechos de las mujeres. Sin embargo, en 1995, cambió de idea y sostuvo que su decisión fue una equivocación.

Norma McCorvey, junto a su abogada, en abril de 1989 ante la Corte Supre...
Norma McCorvey, junto a su abogada, en abril de 1989 ante la Corte Suprema. AP

Norma McCorvey, conocida por el seudónimo «Jane Roe», tenía tan solo 22 años cuando puso la demanda del caso que permitió el derecho constitucional al aborto en Estados Unidos. McCorvey falleció este sábado, pasando a la historia como la mujer que consiguió este cambio histórico, pese a que en sus últimos años se había convertido en una figura icónica del movimiento provida.

El periodista Joshua Prager, quien trabaja en un libro sobre el histórico fallo «Roe v. Wade» confirmó a The Washington Post su muerte en Katy, Texas, a los 69 años, debido a una enfermedad del corazón.

McCorvey pasó casi toda su vida en el centro del debate sobre el aborto en Estados Unidos, primero como icono y activista de los derechos reproductivos y, a partir de 1995, como férrea opositora al aborto tras bautizarse como católica.

Cuando en 1970 dio el primer paso en las cortes, buscaba simplemente poder acabar un embarazo no deseado, pero finalmente la decisión dio el derecho a todas las mujeres. En su estado natal de Texas -como en otros muchos- estaba prohibida dicha interrupción a menos que estuviera en riesgo la vida de la madre.

El 22 de febrero de 1973, la Corte Suprema hizo historia al votar 7 a 2 en la decisión que cambió la sociedad de Estados Unidos. La resolución, escrita por el magistrado Harry A. Blackmun, dictaminó que cualquier mujer, siempre que lo haga con un equipo médico, puede optar por abortar, aunque estableció el famoso plazo de los primeros meses de embarazo. Si el embarazo estaba más avanzado, el aborto solo se podría realizar con limitaciones.

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El fallo técnicamente no indicó que el aborto sea legal, sino que declaró inconstitucional la interferencia del Estado en la decisión de la mujer sobre la continuación de su embarazo.

No fue hasta la década de los años ochenta cuando Norma McCorvey finalmente hizo público su nombre. Al hacerlo, se convirtió en un símbolo del movimiento a favor del aborto. Además, ella trabajó en clínicas que practicaban la interrupción del embarazo.

Pero unos años más tarde, volvió a los medios de comunicación, aunque por motivos opuestos. McCorvey afirmó en 1995 que su demanda había sido una equivocación y, para sorpresa de muchos, se declaró una activista provida. Declaró que se había bautizado como católica y había comenzado una lucha contraria a la que había tenido hasta entonces.

Tiempos de caquistocracia: diagnostican a Trump un defecto mental que lo «incapacita como presidente»

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Una «grave inestabilidad emocional» del gobernante lo hace «incapaz de servir con seguridad» en su cargo actual, aseguran 35 psiquiatras de Estados Unidos en una carta abierta.

'Diagnostican' a Trump un defecto mental que lo "incapacita como presidente"

El presidente Donald Trump – Joshua Roberts Reuters

¿Nunca habías oído esa palabra? Aquí tienes su significado:

  • Caquistocracia

Gobierno encabezado por las peores personas, o las menos capacitadas, de un país.

Se entiende que recurra al inusual término ahora que 35 expertos en psiquiatría han hecho pública la preocupación que comparten por la salud mental del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Por medio de una carta enviada a la redacción de The New York Times el pasado 9 de febrero, los psiquiatras se atreven a diagnosticarle una “grave inestabilidad emocional” que lo hace “incapaz de servir con seguridad” en su cargo actual, sin entrar en detalles sobre el «discurso y las acciones» de Trump.

Estos profesionales se exponen a sanciones. El colectivo admite que está desobedeciendo la Regla Goldwater del año 1973, un artículo clave del código ético con el cual la Asociación Psiquiátrica Americana prohíbe a los miembros del gremio evaluar a figuras públicas. La justificación es que «está demasiado en juego como para permanecer en silencio», según reza la carta.

«El discurso y las acciones del señor Trump demuestran una incapacidad de tolerar opiniones divergentes con las suyas, lo que le provoca reacciones de rabia», afirman los autores. Además, en su opinión, el mandatario es incapaz de sentir empatía.

“Las personas con estas características distorsionan la realidad y atacan a los hechos y a los que transmiten. Es un líder poderoso y es probable que aumenten los ataques», advirtieron en la carta.

Por su parte, el experto John D. Gartner lo diagnosticó con «narcisismo maligno”:

Señales de narcisismo enfermizo

Las señales que podrían demostrar los problemas psicológicos de una persona pueden ser: la manera en que intenta ridiculizar y realizar críticas degradantes a sus oponentes; la forma en que fomenta el culto al hombre fuerte que apela al miedo y la ira; la promesa de que todos los problemas se van a solucionar gracias a él; la capacidad por reinventar la historia y el poco interés por la verdad. Y según la Asociación Americana de Psiquiatría, cualquier persona que tenga cinco de todas estas señales puede definirse como una persona con «trastorno de personalidad narcisista».

¿Lo has leído y te has acordado de actitudes de Donald Trump? El Daily News de Nueva York enumeró diferentes situaciones en las que se puede estar evidenciando este tipo de trastorno en el Presidente:

  • Antes que nada cree que es especial y que es el único comprometido con la causa. Eso lo dejó muy claro en su discurso de la inauguración cuando le dijo a la población estadounidense que finalmente alguien se preocuparía por ellos, contrario a lo que hizo Barack Obama y otros presidentes.
  • Por otro lado, carece de empatía, es decir, no está dispuesto a reconocer o identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás. Lo cierto es que Donald Trump empatizó solamente con los estadounidenses hombres y blancos, toda persona que no entrara dentro de esos rasgos fue subestimada por el presidente de Estados Unidos: mujeres, personas de la comunidad LGBT, afroamericanos, mexicanos, musulmanes, entre otros.
  • Cree que todos lo envidian, pero es él que envidia a las demás personas.
  • Muestra comportamientos arrogantes. ¿Hace falta decir algo más de su soberbia y arrogancia?

¿Crees que estas señales sean razones suficientes para destituir al actual presidente de los Estados Unidos?

Suecos se preguntan qué suceso grave les ocurrió según Trump

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Associated Press 19 de febrero de 2017

HELSINKI, Finlandia (AP) — Los suecos se han estado rascando la cabeza y se han burlado del comentario del presidente Donald Trump, que indicó que un suceso grave había ocurrido en Suecia.

El sábado, durante una reunión con sus simpatizantes en Florida, Trump dijo: «miren lo que pasó anoche en Suecia», mientras aludía a pasados ataques terroristas en Europa.

El comentario desató el domingo una avalancha de reacciones en las redes sociales.

El ex ministro de Relaciones Exteriores de Suecia Carl Bildt tuiteó: «¿Suecia? ¿Ataque terrorista? ¿Qué ha estado fumando?».

El periódico Aftonbladet publicó en inglés algunos de los acontecimientos que ocurrieron el viernes en Suecia, entre ellos un hombre que fue atendido por quemaduras graves, una advertencia de posible avalancha y una persecución policial de un conductor borracho.

Un usuario de Twitter publicó un remedo de manual de instrucciones de muebles Ikea sobre cómo construir un «muro fronterizo», diciendo que las piezas se habían agotado.

Suecia pide explicación a EEUU por alusión de Trump a supuesto atentado

El presidente Donald Trump gesticula mientras sostiene un documento sobre sus poderes ejecutivos ante la inmigración durante un acto con sus simpatizantes el sábado 18 de febrero de 2017 en el aeropuerto Orlando-Melbourne, en Melbourne, Florida. (AP Foto/Chris O’Meara)

Berlín, 19 feb (EFE).- El ministerio de Asuntos Exteriores sueco ha pedido al departamento de Estado de EEUU una explicación acerca de las palabras del presidente Donald Trump pasado viernes, quien habló ante miles de seguidores de un supuesto ataque terrorista ocurrido en Suecia.

La embajada sueca en Washington se ha puesto en contacto con el departamento de Estado estadounidense para aclarar a qué presunto atentado terrorista se refería Trump, informa en su edición digital el diario sueco «Aftonbladet».

La frase del presidente estadounidense ha provocado un gran revuelo en Suecia.

Merkel pide a EEUU que apoye y refuerce el multilateralismo

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Merkel pide a EEUU que apoye y refuerce el multilateralismo

Associated Press18 de febrero de 2017
La canciller de Alemania, Angela Merkel, a la izquierda, y el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, llegan a la Conferencia de Seguridad de Múnich, en Alemania, el sábado 18 de febrero de 2017.  (AP Foto/Matthias Schrader)
La canciller de Alemania, Angela Merkel, a la izquierda, y el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, llegan a la Conferencia de Seguridad de Múnich, en Alemania, el sábado 18 de febrero de 2017. (AP Foto/Matthias Schrader)

MÚNICH (AP) — La canciller de Alemania, Angela Merkel, pidió el sábado a Estados Unidos y otros países que apoyen y refuercen organizaciones multilaterales como la Unión Europea, la OTAN y Naciones Unidas.

Merkel hizo esas declaraciones en un discurso durante una conferencia en la que el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, expresó el «inquebrantable» compromiso de Estados Unidos.

«Actuar juntos fortalece a todo el mundo», afirmó la canciller ante Pence y otros mandatarios, diplomáticos y responsables de defensa en la Conferencia de Seguridad de Múnich.

La cumbre se celebraba en medio de las preocupaciones por la estrategia del gobierno de Donald Trump en asuntos internacionales y de temores de que el nuevo presidente de Estados Unidos tenga escaso interés en trabajar en foros multilaterales.

«¿Podremos continuar trabajando bien juntos, o nos retiraremos todos a nuestros papeles individuales?», preguntó Merkel. «Nos convoco, y espero que encontramos una posición común en esto, hagamos el mundo mejor juntos y así las cosas mejorarán para cada uno de nosotros».

Pence trató de abordar de inmediato las preocupaciones desatadas por las declaraciones de Trump sobre que la OTAN estaba «obsoleta».

«Les traigo esta garantía: los Estados Unidos de América apoyamos con firmeza la OTAN y seremos inquebrantables en nuestro compromiso con nuestra alianza transatlántica».

«Sus luchas son nuestras luchas. Su éxito es nuestro éxito», dijo Pence. «Y, en definitiva, caminamos juntos hacia el futuro».

Merkel admitió que hay margen de mejora en las instituciones multilaterales, señalando que en muchos puntos no son lo bastante eficientes.

«Estoy firmemente convencida de que merece la pena luchar por nuestras estructuras multilaterales internacionales comunes, pero debemos mejorarlas en muchos puntos», añadió.

Merkel reiteró que Alemania está comprometido con el objetivo oficial de la OTAN de dedicar el 2% del producto interno bruto a gastos de defensa. Alemania aporta ahora el 1,3%.

«Haremos todo lo que podamos para cumplir este compromiso», dijo. «Pero déjenme añadir, sin embargo, que creo que si bien la OTAN va mucho en interés de Europa, va también en interés de Estados Unidos; es una alianza muy fuerte y estamos unidos juntos».

Pence añadió con franqueza que Washington espera que todos los miembros cumplan el objetivo del 2%.

«La defensa de Europa requiere su compromiso tanto como el nuestro», afirmó.

A los europeos también les ha preguntado el entusiasta apoyo de Trump al Brexit, la salida británica de la Unión Europea. Pence no mencionó la UE, aunque sí dijo que Estados Unidos está en una senda de «amistad con Europa y una fuerte alianza del Atlántico Norte».

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, añadió en una comparecencia después de Merkel y Pence que en su opinión, la OTAN y la defensa de la UE son complementarias.

«Una Europa fuerte no puede significar una Europa sola, del mismo modo que no creo que ‘Estados Unidos primero’ signifique ‘solo Estados Unidos»’, afirmó.

Merkel, que se reunió con Pence tras sus comparecencias, admitió que los europeos no pueden combatir solos el extremismo islámico y «necesitamos la potencia militar de Estados Unidos».

La canciller reiteró su petición de que las autoridades religiosas musulmanas ofrezcan «palabras claras sobre los límites entre el islam pacífico y el terrorismo en nombre del islam».

Merkel prometió seguir trabajando para mejorar las relaciones con Rusia, pero también hizo hincapié en la importancia de atenerse al acuerdo de 2015 que ayudó a negociar en Minsk, Bielorrusia, para poner fin a los combates en el este de Ucrania entre fuerzas del gobierno y separatistas con apoyo ruso.

«El acuerdo de Minsk es lo único que tenemos en este momento para avanzar hacia negociaciones y la posibilidad de resolver los problemas», dijo. «Cuando no tenemos nada más, me opongo a descartar algo que aún puede traer esperanza».

Fuente: Associated Press

Bill Gates advierte al mundo que debe prepararse ante una pandemia global

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Bill Gates advierte al mundo que debe prepararse ante una pandemia global

Bill Gates en la Conferencia de Seguridad en Múnich, el 18 de febrero de 2017
Bill Gates en la Conferencia de Seguridad en Múnich, el 18 de febrero de 2017 (AFP | Christof Stache)

La comunidad internacional debe darse cuenta que tiene que prepararse para una pandemia mundial, dijo este sábado Bill Gates, fundador de Microsoft y convertido en mecenas, en la Conferencia de Seguridad en Múnich.

Tomando como ejemplo la epidemia del Ébola en África Occidental en 2014 y 2015, la gripe española de 1918 o mencionando la posible invención de un virus con fines «terroristas», Gates juzgó «posible» una catástrofe a nivel mundial.

Según el empresario estadounidense aseguró que las guerras y los movimientos de agitación van de la mano de la enfermedad y son los agentes más probables para provocar una pandemia global.

«Que aparezcan en la naturaleza o en las manos de un terrorista, los epidemólogos dicen que un patógeno transmitido por el aire propagándose rápidamente puede matar a 30 millones de personas en menos de un año», explicó Gates durante esta reunión anual de responsables de la diplomacia mundial.

«Las zonas de guerra y otros escenarios son los lugares más difíciles para eliminar las epidemias», aseguró.

Gates dijo que es «bastante probable» que el mundo viva una epidemia así en «los próximos 10 o 15 años». «Para luchar contra las pandemias globales, también se debe luchar contra la pobreza… Es por ello que corremos el riesgo de ignorar el vínculo entre seguridad sanitaria y seguridad internacional».

Bill Gates, que hizo fortuna con la compañía de software Microsoft y ahora destina millones de dólares a la filantropía, ha pedido a los Estados invertir en investigación para desarrollar tecnologías capaces de crear vacunas en pocos meses.

Y recordó que la mayoría de las medidas de control necesarias son aquellas que los gobiernos ya han puesto en marcha para hacer frente a un ataque biológico terrorista.

«El coste global en la preparación ante una pandemia está estimado en 3.400 millones de dólares por año. La pérdida anual que una pandemia provocaría podría alcanzar los 570.000 millones», afirmó.

Fuente: AFP

«Diagnostican» a Trump un defecto mental que lo incapacita como presidente

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Una «grave inestabilidad emocional» del gobernante lo hace «incapaz de servir con seguridad» en su cargo actual, aseguran 35 psiquiatras de Estados Unidos en una carta abierta.

35 supuestos expertos en psiquiatría comparten su preocupación por la salud mental del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, según expresó el 9 de febrero un columnista del diario ‘The New York Times’. Por medio de una carta enviada a la misma redacción, han declarado su apoyo a la aserción de que el mandatario tiene ganas de «machacar la oposición debajo de los pies».

El primero en la lista de los firmantes, el analista emérito del Instituto Psicoanalítico de Boston especializado en adicciones Lance Dodes, ha publicado la misiva en su página web, además de haberla enviado al mismo periódico neoyorquino.

El colectivo admite que está desobedeciendo la Regla Goldwater del año 1973, un artículo clave del código ético con el cual la Asociación Psiquiátrica Americana prohibió a los miembros del gremio evaluar a figuras públicas. La justificación es que «está demasiado en juego como para permanecer en silencio», según reza la carta.

«El discurso y las acciones del señor Trump demuestran una incapacidad de tolerar opiniones divergentes con las suyas, lo que le provoca reacciones de rabia», afirman los autores. Además, en su opinión, el mandatario es incapaz de sentir empatía.

Sin entrar en detalles del «discurso y las acciones» de Trump, los 35 se atreven a diagnosticarle una «grave inestabilidad emocional». Con este motivo, lo reconocen «incapaz de servir con seguridad como presidente».


Fuente: Actualidad

Vacuna contra la apatía

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Por Alejandro Robles

2016, un año más que se nos va o que ganamos, dependiendo lo que hicimos. Como todo en la vida puede tener varias lecturas y ante la imposibilidad de analizar el caso personal de cada lector, considero que podemos hacer un balance desde el plano colectivo.

En este mundo globalizado los acontecimientos que nos afectan son una mezcla de locales y globales. Siria, el Brexit, los escándalos de corrupción, la caída del peso, la violencia o la victoria de Trump, fueron algunos de los temas que recibieron la atención pública con el correr del año. Si sumamos la muerte de varias personalidades geniales, parece que este no fue el mejor año. ¿En verdad?

A pesar de lo mencionado, me atrevo a decir que vivimos en la mejor época en la que alguien podría estar vivo y solemos olvidarlo con frecuencia.

Estamos mejor comunicados y educados que en cualquier otra etapa de la humanidad. Hay grandes obstáculos, pero no creo que sean los peores a los que nos hemos enfrentado históricamente, además, ahora tenemos las herramientas para resolverlos.

Lo cierto es que en todas las etapas han habido guerras –lo cual es terrible–, pero al menos ahora reciben cobertura. Dar notoriedad a los problemas también es un paso hacia su solución.

Simplemente pongamos en perspectiva la cantidad de genocidios que han ocurrido y que en su momento no tuvieron difusión. Este argumento rebate al famoso “antes todo era mejor que ahora” ya que simplemente, ahora estamos más conscientes de lo que ocurre.

Nos puede resultar atractiva la idealización de otros momentos históricos, pero ahora viven mejor muchas más personas. Solo pensemos cuantas fiestas tienen como temática a los años 20, al modo del Gran Gatsby. Nos puede gustar ese estilo, pero en esa época la situación que vivían las mujeres distaba mucho de la actual, su derecho al voto era algo impensable.

Cuántos derechos y adelantos se han ganado desde cualquier época que pensemos. Aún existen muchas brechas sociales, pero la aparición del Internet nos coloca a todos en un campo mucho más horizontal.

Sigue existiendo pobreza y hambre a pesar de que se produce el alimento suficiente para alimentar a toda la población del mundo. Eso quiere decir que uno de nuestros retos no pasa por la capacidad de producirlos sino de distribuirlos. Sin embargo, las grandes enfermedades que azotaban otros tiempos han sido totalmente erradicadas.

Lo que parece que no ha cambiado es nuestra mala habilidad para pronosticar el futuro, prácticamente todas las civilizaciones del pasado han presagiado lo peor desde hace mucho y aquí seguimos. Simplemente la elección de Trump fue algo “que nadie veía venir” y ahora es síntoma de que lo peor está por venir nuevamente.

Estoy de acuerdo que muchas de las comodidades y beneficios de vivir en esta época no han alcanzan a todos, pero reconociendo nuestros avances es como podremos plantear mejores estrategias para eliminar definitivamente los grandes rezagos que quedan.

Hemos avanzado, que no quede la menor duda. Si no fuera así, no hubiera habido un presidente negro gobernando el país más poderoso durante los últimos ocho años ni observar a tantas a mujeres postulándose y ganando elecciones en muchas partes del mundo.

Desde luego, si algo tenemos los humanos es esa naturaleza compleja que hace que nos desalentemos a pesar de nuestros éxitos. La historia nunca ha sido una línea recta, puede parecer que a veces, se dan dos grandes pasos hacia adelante y en unos años otros cuatro hacia atrás. No es así, ya que existirá una masa crítica dispuesta a vigilar los actos de la contraparte.

Quienes lean esto ya sea en la computadora o en la revista, son privilegiados. Pues eso dice mucho acerca de lo que les permite hacerlo. Todos tenemos la obligación de disfrutar la vida, ser curiosos, conocer más, viajar más y, ¿por qué no?, ser más humanos y empáticos hacia los demás, y recordar que no todos han tenido las mismas ventajas de nosotros.

Muchos de los movimientos que se avecinan en el planeta tienen una connotación de segregación, lo cual pone en evidencia la falta de ver a las demás personas no como enemigos sino como oportunidades.

Desde luego, no es fácil. Diariamente vemos ejemplos de lo contrario, pero el lugar al que hemos llegado se ha dado por una suma numerosa de pequeñas batallas ganadas. Todos podemos elegir el campo de nuestra elección y continuar aportando para que el camino de los que vienen sea aun mejor que el nuestro.

Continuemos por esa vía.

 

 

 

Enseñar es construir el futuro

Por M. Salud Conde Nieto

“Fray Ejemplo es el mejor maestro”.
Madre Trinidad.

En cada salón de clases, día con día los maestros vivimos la apasionante misión del aprendizaje, quizá la más noble de todas y sumamente exigente, tanto para los alumnos como para el maestro.

Para cumplir con nuestra vocación, los maestros renovamos cotidianamente la ilusión de ser significantes en la vida de los alumnos, porque la razón fundamental del trabajo en el aula es precisamente esa: significar un cambio, marcar una diferencia en la vida de cada uno de ellos. Tener impacto para mejorar sus vidas.

No se trata únicamente de la impartición de conocimientos, de compartir información, de enseñar materias; se trata de lograr un aprendizaje significativo, algo que verdaderamente cambie su perspectiva vital, que le permita ver, entender, enfrentar la vida de mejor manera y con las mejores herramientas. Eso es lo que nos alienta cada mañana a los maestros.

Ese aprendizaje se esconde, con frecuencia, en lo que el alumno ve del maestro, en su ejemplo, más allá de su materia. Por eso es tan importante ser conscientes de la importancia de nuestro testimonio, de cada actitud, cada comentario, cada crítica, por insignificante que parezca. En la relación maestro-alumno todo comunica.

En el colegio sabemos que la educación es un proceso en el que la relación entre maestro y alumno es clave, pero no la única; por eso nos preocupamos por crear una comunidad estrecha escuela-hogar, lo que conocemos como la Familia Miraflores, y acercarnos a nuestra compleja realidad social, la que nuestros alumnos transformarán según sus conocimientos y, desde luego, según sus valores y principios, humanos y cristianos.

Para hacerlo en las mejores condiciones nos hemos dado a la tarea de conseguir que personalidades de la vida pública, ya sea política, empresarial, religiosa, etcétera, vengan al Colegio a sostener diálogos abiertos con los alumnos y compartirles sus experiencias. Esta es otra forma de preparar mejor a nuestras nuevas generaciones y de enriquecer el proceso educativo.

Sin embargo, el eje es, y seguirá siendo, el trabajo maestro-alumno en el aula. Esa relación significante que transforma la vida de los alumnos y que al mejorarla, cambia también la del maestro.

Protocolo en el Gimnasio

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Por Alvaro Gordoa

Es febrero y ya empieza a bajar la peregrinación anual de nuevos usuarios al gimnasio, pero como yo estoy convencido de que esta vez tú sí serás un usuario permanente del mismo y no una de esas pasajeras golondrinas que trataron de bajar las doce uvas del fin de Año en un solo mes, a continuación, te daré las normas básicas de convivencia en este espacio al cual se va a trabajar y no a socializar.

Si bien todos los gimnasios tienen sus propias normas y reglamentos que hay que respetar, hay muchas otras reglas no escritas relativas al espacio, la higiene, el silencio y el respeto que debemos considerar para mantener no solo una buena figura, sino también una buena imagen pública. Veamos:

El Espacio

En el gimnasio estamos muy vulnerables (sudamos, jadeamos, gesticulamos, adoptamos posturas poco ortodoxas, etcétera) y lo que más deseamos es un poco de intimidad, por lo tanto, respeta el espacio manteniéndote a “distancia pública” (más de 3.50 m) que es la que sostenemos con individuos con los que no tenemos ninguna interacción. Si hay 10 caminadoras y solo una está en uso, ¡qué necesidad de elegir la más próxima a la ocupada!

También debemos cuidar el no acaparar las máquinas ni instrumentos, estas se trabajan por circuitos y no se dejan “apartadas”. Abandona las máquinas en fase de recuperación y no las utilices como bancas de descanso.

Si usaste equipo como pesas o ligas, regrésalo a donde estaba y descarga los discos de peso de las barras intercambiables. Regresa los pesos de los aparatos al mínimo y apaga las máquinas de cardio al terminar de usarlas.

Por cierto, respeta el espacio en los vestidores, tu maleta no está tan cansada como para ponerla en la banca en lugar del suelo.

Higiene

Lo ideal es ir bañados, aunque por horarios y practicidad de rutina es entendible que no se haga. ¡Pero esto no quiere decir que está permitido ir apestosos y desarreglados! Lo correcto es, mínimo, darnos con toallitas de bebé una “limpieza de avión” (las alitas y el motor), así como usar desodorante, lavarnos los dientes y llevar ropa deportiva limpia, pues los materiales con las que estas prendas están hechas producen olores muy desagradables si se reutilizan.

Al gimnasio se va sin perfume ni colonia, son olores invasivos al hacer ejercicio, y de preferencia sin maquillaje, aunque usar aquel que no tapa los poros es permitido (rímel, gloss, etcétera).

Si tu gimnasio no la provee, acude con una toalla para manos e interponla entre los aparatos y tu cuerpo para evitar mojarlos de sudor y después limpiarlos. Carga toallas faciales para secarte el sudor y no cometas el error más común de higiene que es usar la misma toalla con la que te secas el sudor para limpiar los aparatos, en la mayoría de gimnasios hay toallitas desinfectantes para ese propósito.

Finalmente, a menos que te topes con la gente entrando o saliendo, en el gym se saluda de lejos y no de beso o mano.

Silencio

Lo gimnasios deberían ser espacios libres de celular porque son unos grandes invasores e interruptores de la disciplina que requiere el ejercicio, pero si a ti no te importa interrumpir tu rutina por tomar una llamada o ver tus redes, ¡a los demás sí! Por lo tanto, tenlo en silencio y usa un manos libres para poder tomar llamadas y continuar trabajando. Si la llamada o conversación escrita es motivo de interrumpir tu ejercicio, detente totalmente y desocupa el aparato para que otro lo pueda usar. Pocas cosas más molestas que ver a la millenial clavada en su iPhone y usando la máquina de piernas como sala de estar.

Déjale la selección musical al gimnasio o usa audífonos a volumen moderado. Olvídate de conectar tu teléfono porque –según tú– tu playlist está buenísima, de traer tus bocinas o de escuchar música directa desde los parlantes de tu dispositivo.

Para cerrar este apartado, no le saques plática a quien está en medio de una serie o un periodo de cardio, la gente necesita su preciada respiración para ejercitarse, no para chismear contigo.

Respeto

No te rías de los novatos y mejor ayúdalos si ves que no saben, no des consejos si no te los piden y no hagas ningún alarde de superioridad o experiencia (o sea, no seas el mamila del gym). Tampoco te burles de los gorditos o enclenques, recuerda que están haciendo un gran esfuerzo por cambiar y se pueden desmotivar.

Cuida tu contacto visual para que las personas no se sientan observadas en este espacio vulnerable. Dentro de las miradas, cuida mucho no mirar lascivamente los cuerpos bien cultivados… pero tampoco seas el objeto de distracción y vístete con prudente recato.

Por último, aguas con el exhibicionismo en los vestuarios y ten algo de pudor. Tal vez a ti no te incomode… ¡Pero a los otros sí!

Llegamos al final y estoy convencido de que este año sí cumplirás ese propósito de año nuevo. A darle con todo y piensa que esto lo haces por ti y por tu estética y salud, por eso (y aunque muchos no lo crean así), estudios comprueban que el ejercicio también cuenta si no te tomas fotos y las subes a tus redes sociales… Entonces, ¡evítalo!