Resiliencia familiar: En vez de resignarnos, podemos recibirlas de forma positiva
Por Sofía Gonzalo
Una llamada de teléfono y una frase corta, disparada certeramente y sin preámbulos, puede cambiar el rumbo vital de una persona y de la familia entera. Escuchar “tu hermana acaba de fallecer” o “sí, mamá tiene cáncer” provoca un tsunami emocional difícil de contener en los primeros momentos para todos.
En el devenir personal y familiar es inevitable que surjan circunstancias de gran adversidad que conllevan un profundo dolor. Puede ser una enfermedad, una muerte o un largo período de desempleo de alguno de sus miembros. La manera en la que se afrontan y se sale de ellas es la que describe la fortaleza de una familia y su capacidad para encontrar en este proceso un fortalecimiento personal y espiritual.
Jacques Philippe, en su brillante obra La libertad interior, explicaba que ante las contrariedades “lo más importante es no contentarse con aceptarlas a regañadientes, sino aceptarlas verdaderamente. No limitarse a “sufrirlas”, sino –en cierto modo- “elegirlas” (incluso cuando no tenemos otra elección, cosa que nos contraría aún más)”.
En su planteamiento, exponía que en esa circunstancia “elegir significa realizar un acto de libertad que nos lleve, además de resignarnos, a recibirlas de forma positiva”, con una actitud de fe y esperanza.
La clave estaría entonces, como él mismo detecta, en que “si tenemos la fe suficiente en Dios para creer que Él es capaz de extraer un bien de todo lo que nos ocurre, así lo hará: que te suceda como has creído, dice en varias ocasiones Jesús en el Evangelio”.
La familia resiliente
Hace unas semanas asistí a la conferencia de una psicopedagoga que explicaba la importancia de educar en resiliencia, que es la capacidad que tiene el ser humano de afrontar la adversidad y salir fortalecido de ella. Su exposición reflejaba un profundo y personal convencimiento de lo que explicaba. Cuando contó su experiencia personal, todo encajaba. En ese momento entendimos frente a quién nos encontrábamos.
Uno de sus hermanos tuvo un accidente de tráfico cuando era adolescente y, casi treinta años después, la familia entera sigue cuidando con total naturalidad a quien de un segundo para otro había quedado inmóvil para el resto de su vida. Desde el primer momento se convirtieron en un verdadero modelo de familia resiliente.
Desde el Instituto para la Resiliencia y Desarrollo Emocional IRYDE, su presidenta, Reyes Rite, explica que la adversidad y el cambio son inherentes a la condición humana y afrontar los distintos retos de la vida “con actitud positiva y de aprendizaje enriquece a la persona, inspira a los suyos y contribuye aportando a la sociedad”.
Cuando en una familia aparece un problema importante e intentamos salir adelante utilizando la resiliencia, según Rite “la circunstancia “nos forja como “equipo” uniéndonos en el reto a conseguir, en el proceso de aprendizaje, en la búsqueda conjunta de soluciones y sellando nuestros valores y aportación”.
“La familia resiliente es una familia creativa, que decide ser feliz a pesar de los pesares, que tiene un proyecto común y se une para alcanzarlo, disfrutando en la medida de sus posibilidades del camino, sin depender de otros. La familia resiliente cambia la queja por el compromiso y tiene un propósito de vida. Sueñan juntos, también para contribuir con un legado a la sociedad”, argumenta.
Y, obviamente, como ejemplo a seguir para todos los miembros de una familia que quiera superar cualquier adversidad se encuentra Jesucristo. Tal y como determina Reyes Rite, Él es “el modelo de persona plena y el modelo de persona resiliente. Cada uno de nosotros puede ver su comportamiento e inspirarse en él”.
Explica que la resiliencia tiene mucho que ver con la fe católica porque esta, como virtud sobrenatural, se apoya en las virtudes humanas y en hombres plenos y capaces.
“La resiliencia es una actitud que hace al hombre más humano y facilita la armonía de las distintas áreas del ser humano. Por una parte físicamente, porque con la resiliencia modulamos nuestro cerebro que tiene la plasticidad como capacidad; y por otra parte psíquicamente, porque desarrollamos actitudes positivas y espirituales, ya que nos inclina al crecimiento interior, al duelo y al perdón”, argumenta.
Si quieres entrenarte en esta capacidad, Reyes Rite aconseja:
En primer lugar, acepta la realidad como es, no como tú crees que debería ser, y empieza así a trabajar la adaptación y la flexibilidad.
Intenta pasar del “¿por qué a mí?” al “¿para qué a mí?”, entrando así de lleno en el primer nivel de sentido de lo que estás pasando.
Desarrolla el pensamiento positivo, planteándote: ¿Qué voy a hacer para salir de esto bien parado y con integridad, respetando los propios valores?
Reflexiona sobre cuál va a ser tu legado, “el porqué”.
Y si tienes hijos, ten claro que “de padres resilientes, hijos con modelos asequibles a seguir”, según Reyes Rite. Ella enumera las herramientas emocionales y espirituales que le podemos dar a un hijo si le habituamos a ser resiliente desde pequeño: adaptabilidad, flexibilidad, pensamiento lateral, valores, sentido del humor, trascendencia, integridad, sociabilidad y sana autoestima.
Invertir tiempo y esfuerzo en hacer de nuestra familia un “equipo” que trabaje unido para superar adversidades mirando siempre hacia Dios es sin duda un éxito asegurado.
Felipe Muñoz es apodado «El Tibio» porque es hijo de un nativo de Aguascalientes y de una mujer nacida en Río Frío, Estado de México. Durante los Juegos Olímpicos de México 1968, con 17 años de edad, sorprendió al mundo entero ganando el título olímpico en la prueba de 200 m braza, ya que no era favorito a pesar de haber obtenido el mejor tiempo en las series de clasificación. Al final de la prueba, El Tibio venció al favorito mundial, el soviético Vladimir Kosinsky, cuando faltaban 25 metros de distancia. Terminó la prueba con un tiempo de 2 minutos 28 segundos y 7 centésimas de segundo. Muñoz se convirtió en el primer y único nadador mexicano en ganar una medalla de oro olímpica en natación. Fue nombrado jefe de la delegación mexicana en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 y presidente del Comité Olímpico Mexicano para el periodo 2000–2005. En 1991 fue nombrado miembro del Salón de la Fama Internacional de Natación, museo donde se encuentran los nombres de las personalidades deportivas más distinguidas en la historia de la natación. Ganó tres medallas de natación.
6 cosas que nunca hay que decir a alguien con depresión
Por Sílvia Marqués
Recuerda: la persona con depresión tiene baja autoestima, energía, esperanza. No ve una perspectiva para el futuro. Sólo de pensar en el futuro, se siente angustiada y sin fuerzas.
Desgraciadamente, en nuestra sociedad, la depresión aún es vista por muchos como sensiblería, falta de fuerza de voluntad para encarar la vida. La depresión es una enfermedad seria, que incapacita. Si ésta alcanza un grado elevado, la persona deja de trabajar, pierde el interés por cualquier actividad y siente dificultad para llevar a cabo las tareas más banales del día a día como hacer la cama, bañarse y responder un email.
Alguien que acaba de pasar por una pérdida muy dolorosa o simplemente se sumergió en un estado depresivo sin motivo aparente, es alguien que necesita ayuda, apoyo, incentivo, comprensión, cariño – y no burlas, reclamos y críticas excesivas. Recuerda: la persona con depresión tiene baja autoestima, energía, esperanza. No ve una perspectiva para el futuro. Sólo de pensar en el futuro, se siente angustiada y sin fuerzas. La persona se ve como el último ser humano, alguien que ha fracasado en todo. Pero ¿vamos a nuestra lista?
1 – No juzgues a la persona con depresión: Decir “verdades” a alguien que está en el fondo del pozo sólo empeora la situación, además de ser un acto de cobardía. Acusarla de débil no la fortalecerá. Al contrario.
2 – Hacer una lista de los defectos que te irritan de la persona tampoco la ayudará en nada. Al contrario, nuevamente. Esa persona se sentirá aún más frágil y, dependiendo del grado de depresión, exceso de críticas en ese momento puede motivarla a hacer algo impensable y definitivo contra ella misma. Sí, todo lo cruel que le decimos a una persona con depresión grave puede motivarla a intentar suicidarse.
3 – Minimizar el dolor de la persona con depresión, diciendo que existen personas que sufren mucho más que ella también es inadecuado. Muchas veces, la intención es buena en este tipo de situaciones, pero no funciona. Cada dolor es único. No existe el dolor pequeño cuando toca a las personas. Sí, respeta el dolor de la persona incluso cuando consideres que sus motivos son insignificantes.
4 – No estés de acuerdo con las tonterías que dice sobre sí misma. Por ejemplo: una persona que ha pasado por una decepción amorosa dice que nadie logra amarla, que no debe enamorarse más. Jamás estés de acuerdo con este tipo de cosas. La persona puede estarse despreciando, pero en el fondo, quiere oír que vale. Deja que la persona reclame bastante y al final hazle un elogio, demuéstrale cuán importante y especial es, pero sin esperar que cambie de la noche a la mañana.
5 – Decir que la depresión es la falta de Dios es otra cosa que debemos evitar. Además de simplista, es irritante. Las personas que aman a Dios también se enferman.
6 – No esperes mucho de la persona con depresión. No exijas de ella esfuerzos que en ese momento parecen insoportables. No la obligues a ir a eventos sociales o a que finja que está todo bien. Déjala llorar y tranquila. Escúchala sin juzgar. Invita a la persona a hacer cosas que le gustan, pero sin presionarla. Intenta que se sienta atraída.
Lo mejor que podemos hacer por alguien que está enfrentando una grave depresión es incentivarlo a buscar ayuda profesional. La asociación de medicamentos y terapia es muy eficaz en el tratamiento depresivo. Poco a poco la persona empieza a dar señales de mejoría. Un buen tratamiento combinado con mucho cariño es el mejor camino para ayudar a quien amamos y que, más que nunca, necesita de nosotros.
El juego animal pone en tela de juicio que la lucha por la supervivencia sea el único motor de los seres vivos. Del darwinismo al electrón este ensayo invita a ver la libertad lúdica como un principio de la naturaleza.
Por David Graeber
En cierta ocasión, mi amiga June Thunderstorm y yo estuvimos media hora sentados en un prado junto a un lago de montaña observando cómo un gusano medidor se bamboleaba en lo alto de un tallo de hierba, giraba hacia todas las direcciones posibles y, finalmente, saltaba al tallo más próximo para seguir haciendo lo mismo. Así continuó recorriendo un amplio círculo, en lo que tendría que ser un enorme gasto de energía, sin que aparentemente hubiera razón alguna para hacerlo.
“Todos los animales juegan –me había dicho una vez June–. Incluso las hormigas.” Ella había trabajado durante muchos años como jardinera profesional y había tenido ocasión de observar y examinar numerosos episodios como este.
–Mira –me dijo con un aire de modesto triunfo–. ¿Ves lo que quiero decir?
Muchos de nosotros, al escuchar esta historia, insistiríamos en comprobarla. ¿Cómo sabemos que el gusano estaba jugando? Quizá los círculos invisibles que trazaba en el aire no eran más que la búsqueda de alguna clase de presa desconocida. O un rito de apareamiento. ¿Quién puede probar que no se trataba de eso? Y aunque el gusano estuviera jugando, ¿cómo sabemos que esta forma de juego no servía en última instancia a algún propósito práctico, un ejercicio o entrenamiento para alguna posible emergencia futura de los gusanos medidores?
Esta sería también la reacción de la mayoría de los etólogos profesionales. En general, el análisis de un comportamiento animal no se considera científico si no se parte del supuesto, al menos tácitamente, de que el animal está actuando conforme a los mismos cálculos de medios y fines que uno aplicaría a las transacciones económicas. Según ese supuesto, un gasto de energía debe estar dirigido a algún objetivo, ya se trate de obtener alimento, de asegurar el territorio, de alcanzar una posición dominante o de maximizar el éxito reproductivo… a no ser que se pueda probar con absoluta certeza que no es así, y una prueba absoluta en tales materias es, como puede imaginarse, muy difícil de conseguir.
En este punto debo señalar que realmente no importa qué tipo de teoría de la motivación animal pueda considerar un científico: lo que cree que piensa un animal, si es que piensa que de un animal puede decirse que “piensa” en algo. No estoy diciendo que los etólogos crean realmente que los animales son simples máquinas racionales de calcular. Lo que estoy diciendo es que los etólogos se han encerrado en un mundo en el que ser un científico significa ofrecer una explicación del comportamiento en términos racionales, lo que a su vez significa describir un animal como si fuera un actor económico calculador que intenta maximizar alguna forma de interés propio, independientemente de cuál pueda ser su teoría de la psicología o la motivación animal.
Esta es la razón por la que la existencia del juego animal se considera una especie de escándalo intelectual. Está poco investigado, y quienes lo estudian son vistos como personajes un tanto excéntricos. Al igual que sucede con muchas nociones vagamente amenazantes y especulativas, se introducen criterios difíciles de satisfacer para probar que existe el juego animal, e incluso, cuando se lo reconoce, la investigación suele canibalizar sus propios hallazgos al intentar demostrar que el juego debe tener alguna función de supervivencia o de reproducción a largo plazo.
A pesar de todo esto, aquellos que se meten en la materia se ven invariablemente obligados a concluir que el juego existe en todo el universo animal. Y no solo existe entre criaturas tan notoriamente juguetonas como los monos, los delfines o los cachorros de perro, sino entre especies tan improbables como las ranas, los foxinos, las salamandras, los cangrejos violinistas y… sí, hasta las hormigas, que no solo se dedican a actividades superfluas como individuos, sino que, desde el siglo XIX, también se las ha visto organizar guerras fingidas, al parecer por pura diversión.
¿Por qué juegan los animales? Bueno, ¿por que no tendrían que hacerlo? La verdadera pregunta es: ¿por qué nos parece tan misteriosa la existencia de acciones ejecutadas por el puro placer de actuar, el ejercicio de facultades por el puro placer de ejercitarlas? ¿Qué es lo que nos dicen estas acciones acerca de nosotros mismos para que por instinto supongamos que son misteriosas?
La supervivencia de los mal adaptados
La tendencia del pensamiento popular a contemplar el mundo biológico en términos económicos estaba presente en los comienzos de la ciencia darwiniana del siglo XIX. Charles Darwin, después de todo, tomó prestada la expresión “supervivencia de los mejor adaptados” del sociólogo Herbert Spencer, el niño mimado de los tiburones del capitalismo. Spencer, por su parte, quedó admirado por el modo en que las fuerzas que guiaban la selección natural según El origen de las especies coincidía con sus propias teorías del laissez-faire económico. Se entendía que la competencia por los recursos, el cálculo racional de la ventaja y la extinción gradual de los débiles eran las directrices primordiales del universo.
La apuesta en favor de esta nueva visión de la naturaleza como el teatro de una lucha brutal por la existencia era muy arriesgada, y desde muy pronto se plantearon objeciones. Una escuela alternativa de darwinismo que emergió en Rusia subrayaba la importancia de la cooperación, y no de la competencia, como motor del cambio evolutivo. En 1902, este enfoque se expresó en un libro popular, El apoyo mutuo: un factor de la evolución, escrito por el naturalista y divulgador del anarquismo revolucionario Piotr Kropotkin. Respondiendo explícitamente a los darwinistas sociales, Kropotkin argumentaba que toda la base teórica del darwinismo social era errónea: las especies que cooperan de manera más eficaz tienden a ser más competitivas a largo plazo. Kropotkin, príncipe de nacimiento (renunció al título en su juventud), pasó muchos años en Siberia como naturalista y explorador antes de ir a la cárcel por agitación revolucionaria, de donde escapó para huir a Londres. Redactó El apoyo mutuo a partir de una serie de ensayos escritos en respuesta a Thomas Henry Huxley, un conocido darwinista social, y resumió la visión rusa de la época, según la cual, aunque la competencia es sin duda un factor que impulsa la evolución tanto natural como social, en último término el papel de la cooperación es decisivo.
La biología del siglo XX, y en particular la emergente subdisciplina de la psicología evolutiva, se tomó muy en serio el desafío ruso, aunque raramente lo llamó por su nombre. Por el contrario, se camufló bajo el más amplio “problema del altruismo”, otra expresión tomada de los economistas y que dio lugar a debates entre los teóricos de la “elección racional” en las ciencias sociales. Esta cuestión ya había preocupado a Darwin: ¿por qué tendrían los animales que sacrificar sus ventajas individuales en favor de otros?, pues nadie puede negar que en ocasiones lo hacen. ¿Por qué un animal atrae hacia sí una atención potencialmente letal a fin de alertar a sus compañeros de rebaño del acecho de un predador? ¿Por qué las abejas obreras tendrían que suicidarse para proteger su colmena? Si proponer la explicación científica de cualquier comportamiento significa atribuir motivos racionales y maximizadores, entonces ¿qué es lo que está tratando de maximizar la abeja kamikaze?
Todos conocemos la respuesta consiguiente, que fue posible gracias al descubrimiento de los genes. Esos animales solo estaban tratando de maximizar la propagación de sus propios códigos genéticos. Lo curioso es que esta visión (que ha venido a conocerse como neodarwiniana) fue desarrollada en gran medida por figuras que se consideraban a sí mismas radicales de uno u otro tipo. Ya en la década de 1930, el biólogo marxista Jack Haldane intentaba irritar a los moralistas diciendo con ironía que él, como cualquier entidad biológica, estaría encantado de sacrificar su vida por “dos hermanos u ocho primos”. El culmen de esta línea de pensamiento llegó con El gen egoísta, del ateo militante Richard Dawkins, donde se insistía en que todas las entidades biológicas podrían describirse más adecuadamente como “robots torpes” programados por códigos genéticos que, por alguna razón que nadie puede explicar, actúan como “exitosos gánsteres de Chicago”, extendiendo sin compasión sus territorios en un deseo infinito por propagarse. Tales afirmaciones se matizaban típicamente con comentarios como el siguiente: “Por supuesto, esto solo es una metáfora, los genes en realidad no quieren ni hacen nada.” Pero la verdad es que las conclusiones de los neodarwinistas partían, en la práctica, de su supuesto inicial: que la ciencia exige una explicación racional, que esto significa atribuir motivaciones racionales a todo comportamiento y que una verdadera motivación racional solo puede ser aquella que, al observarse en seres humanos, podría describirse como egoísta o avariciosa. El resultado fue que los neodarwinistas fueron mucho más lejos que los representantes de la variedad victoriana. Si los darwinistas sociales de la vieja escuela como Herbert Spencer veían la naturaleza como un mercado, aunque se tratara de un mercado inusualmente despiadado, la nueva versión era descaradamente capitalista. Los neodarwinistas proponían no solo la lucha por la supervivencia, sino un universo de cálculo racional movido por un imperativo en apariencia irracional de crecimiento ilimitado.
En todo caso, así fue como se entendió el desafío ruso. El argumento real de Kropotkin es mucho más interesante. Buena parte de este argumento se refiere, por ejemplo, al modo en que el comportamiento animal suele ser ajeno a la supervivencia o la reproducción, siendo por el contrario una forma de placer en sí mismo. “Volar en bandadas por placer es muy común entre todo tipo de aves”, escribe. Kropotkin multiplica los ejemplos de juego social: parejas de buitres volando en círculos para entretenerse, liebres tan amigables con otras especies que de manera ocasional –e imprudente– se acercan a los zorros, bandadas de pájaros que ejecutan exhibiciones aéreas, grupos de ardillas que se reúnen para practicar la lucha y otros juegos similares:
Hoy sabemos que a todos los animales, comenzando por las hormigas, siguiendo con las aves y terminando con los mamíferos superiores, les gustan los juegos, la lucha, correr unos detrás de otros, intentar atraparse, gastarse bromas entre sí, etc. Y aunque muchos juegos son, por así decirlo, una escuela de comportamiento adecuado de los jóvenes para la vida adulta, hay otros que, aparte de sus propósitos utilitarios, son, junto con la danza y el canto, meras manifestaciones de un exceso de fuerzas, “la alegría de la vida” y el deseo de comunicarse de algún modo con otros individuos de la misma especie o de otra; en resumen, una auténtica manifestación de sociabilidad, la cual es una característica distintiva de todo el mundo animal.
Ejercer las capacidades propias en toda su extensión es gozar del placer de la propia existencia, y para las criaturas sociables tales placeres aumentan de manera proporcional al realizarse en compañía. Desde la perspectiva rusa esto no necesita ninguna explicación. Se trata en realidad de lo que es la vida. No tenemos que explicar por qué las criaturas desean estar vivas. La vida es un fin en sí mismo. Y si estar vivo consiste en realidad en tener facultades (correr, saltar, luchar volar por el aire), entonces con seguridad el ejercicio de tales facultades como fin en sí mismo tampoco tiene por qué ser explicado. No es más que una extensión del mismo principio.
Friedrich Schiller había argumentado ya en 1795 que era precisamente en el juego donde se encuentra el origen de la autoconciencia, y por tanto de la libertad, y por tanto de la moralidad. “El hombre solo juega cuando es hombre en el pleno sentido de la palabra –escribía Schiller en Sobre la educación estética del hombre–, y solo es un hombre completo cuando juega.” Si esto es así, y si Kropotkin estaba en lo cierto, entonces los destellos de la libertad, o incluso de la vida moral, comienzan a aparecer por todas partes a nuestro alrededor.
Por consiguiente, apenas puede sorprender que este aspecto de la argumentación de Kropotkin fuera ignorado por los neodarwinistas. A diferencia del “problema del altruismo”, la cooperación por placer, como fin en sí mismo, no puede recuperarse para propósitos ideológicos. De hecho, la versión de la lucha por la existencia que emergió a lo largo del siglo XX dejaba aún menos espacio para el juego que la antigua versión victoriana. El mismo Herbert Spencer no tenía ningún problema con la idea de que el juego animal no tenga ningún propósito, siendo simplemente un divertimento o exceso de energía. Al igual que un empresario o vendedor de éxito podía irse a casa y jugar una buena partida de naipes o de polo, ¿por qué los animales que triunfan en la lucha por la existencia no podrían también divertirse un poco? Sin embargo, en la nueva versión abiertamente capitalista de la evolución, en la que el impulso hacia la acumulación no tenía límites, la vida ya no era un fin en sí mismo, sino un mero instrumento para la propagación de secuencias de adn; y así la misma existencia del juego se veía como una suerte de escándalo.
¿Por qué yo?
No se trata solo de que los científicos se muestren reticentes a emprender un camino que pueda conducirlos a ver el juego (y por consiguiente las semillas de la conciencia de sí, la libertad y la vida moral) entre los animales. Para muchos de ellos cada vez es más difícil justificar la atribución de cualquiera de estas cosas incluso a los seres humanos. Una vez que todos los seres vivos han sido reducidos al equivalente de actores de mercado, a calculadoras racionales que tratan de propagar su código genético, se llega a aceptar que no solo las células que constituyen nuestros cuerpos, sino cualesquiera seres que fueran nuestros ancestros inmediatos carecen de cualquier cosa remotamente parecida a la conciencia de sí, la libertad o la vida moral… lo que hace difícil comprender cómo o por qué la conciencia (una mente, un alma) pudo haber evolucionado alguna vez.
El filósofo estadounidense Daniel Dennett encuadra el problema con mucha lucidez. Tomemos por ejemplo las langostas, argumenta: no son sino robots. Las langostas pueden arreglárselas sin tener ningún sentido de sí mismas. Podemos preguntarnos qué se siente cuando se es una langosta. No se siente nada. No poseen nada que siquiera se parezca a la conciencia; son máquinas. Pero si es así, sigue argumentando Dennett, entonces se debe suponer lo mismo para toda la escala ascendente de la complejidad evolutiva, desde las células vivas que constituyen nuestros cuerpos a criaturas tan elaboradas como los monos y los elefantes, de los cuales, a pesar de sus cualidades aparentemente humanas, no se puede demostrar que piensen acerca de lo que hacen. Así prosigue hasta que, de repente, Dennett llega a los seres humanos, quienes, pese a que ciertamente van volando en piloto automático al menos el 95% del tiempo, parecen poseer este “yo”, esta conciencia autoinjertada en su cabeza que de vez en cuando aparece para supervisar y tomar nota, interviniendo para decirle al sistema que busque un nuevo empleo, abandone el tabaco o escriba un artículo académico sobre los orígenes de la conciencia. Según la formulación de Dennett:
Sí, tenemos un alma, pero está hecha de un montón de robots diminutos. De alguna manera, los trillones de células robóticas (e inconscientes) que componen nuestros cuerpos se organizan entre sí formando sistemas interactivos que mantienen las actividades tradicionalmente atribuidas al alma, el ego o el yo. Pero, una vez que hemos aceptado que los robots simples son inconscientes (si las tostadoras, teléfonos y termostatos son inconscientes), ¿por qué no podría haber equipos de estos robots que realizaran sus proyectos más fantásticos sin necesidad de componerme a mí? Si el sistema inmune tiene su propia mente, y el circuito de coordinación entre la mano y el ojo que recoge bayas tiene su propia mente, ¿a qué viene molestarse en hacer una supermente para supervisar todo eso?
La respuesta que se da a sí mismo Dennett no es especialmente convincente: sugiere que desarrollamos la conciencia para poder mentir, lo que nos proporciona una ventaja evolutiva (si es así, ¿los zorros también serían conscientes?). Pero la dificultad de la cuestión se multiplica cuando preguntamos cómo sucede eso: “el difícil problema de la conciencia”, como lo llama David Chalmers. ¿Cómo se asocian en apariencia las células y los sistemas robóticos para tener experiencias cualitativas como sentir la humedad, saborear el vino, adorar la cumbia pero ser indiferentes a la salsa? Algunos científicos son lo suficientemente honrados como para admitir que no tienen la más mínima idea de cómo se explican este tipo de experiencias, y sospechan que nunca la tendrán.
¿Baila el electrón (o los electrones)?
El dilema tiene una vía de escape, y el primer paso es considerar que nuestro punto de partida podría estar equivocado. Otra vez, hablemos de langostas. Las langostas tienen una reputación muy mala entre los filósofos, que suelen considerarlas como ejemplo neto de criaturas sin pensamiento ni sensaciones. Podemos suponer que esto se debe a que las langostas son el único animal que los filósofos han matado con sus propias manos antes de comérselas. Resulta desagradable arrojar a una olla de agua hirviendo a una criatura que pugna por evitarlo; uno tiene que poder decirse a sí mismo que la langosta no está en realidad sintiendo nada (la única excepción a esta pauta parece ser, por alguna razón, Francia, donde Gérard de Nerval solía sacar a pasear atada con una correa a una langosta que tenía como mascota, y donde Jean-Paul Sartre llegó a obsesionarse eróticamente con las langostas en cierto momento, después de haber tomado demasiada mescalina). Pero de hecho, la observación científica ha revelado que incluso las langostas practican algunas formas de juego: manipular objetos, por ejemplo, acaso por el mero placer de hacerlo. Si tal es el caso, llamar “robots” a estas criaturas equivaldría a despojar de su significado a la palabra “robot”. Las máquinas simplemente no juguetean. Pero si, después de todo, las criaturas vivientes no son robots, entonces muchas de estas cuestiones en apariencia espinosas se disuelven de inmediato.
¿Qué ocurriría si procediéramos desde la perspectiva opuesta y conviniéramos en tratar el juego no como una anomalía peculiar sino como nuestro punto de partida, un principio que está ya presente no solo en las langostas y en todas las criaturas vivas, sino también en todos los niveles donde encontramos lo que los físicos, los químicos y los biólogos llaman “sistemas autoorganizados”?
Esto no es tan disparatado como puede parecer.
Los filósofos de la ciencia, confrontados al rompecabezas de cómo puede emerger la vida a partir de la materia muerta, o cómo pueden evolucionar los seres conscientes a partir de los microbios, han desarrollado dos tipos de explicaciones.
La primera consiste en el llamado emergentismo. Su argumento es que, una vez que se alcanza un cierto nivel de complejidad, se da una especie de salto cualitativo en el que “emergen” nuevos tipos de leyes físicas completamente nuevas, las cuales se basan en las anteriores pero no pueden reducirse a ellas. Así, se puede decir que las leyes de la química emergen de la física: las leyes de la química presuponen las leyes de la física, pero no pueden reducirse simplemente a estas últimas. De igual manera, las leyes de la biología emergen de la química: evidentemente uno tiene que entender los componentes químicos de un pez para entender cómo nada, pero los componentes químicos nunca proporcionarán una explicación completa. Lo mismo puede decirse que la mente humana emerge de las células que la constituyen.
Los que sostienen la segunda posición, a menudo llamada panpsiquismo o panexperiencialismo, coinciden en que todo eso puede ser verdad, pero argumentan que la emergencia no es suficiente. Como lo ha señalado en fechas recientes el filósofo británico Galen Strawson, imaginar que uno puede viajar desde la materia inconsciente hasta un ser capaz de discutir la existencia de materia inconsciente en solo dos saltos supone acaso un trabajo excesivo para la emergencia. Algo tiene que haber antes en cada nivel de la existencia material, incluso en el de las partículas subatómicas, algo por mínimo o embrionario que sea, capaz de hacer algunas de las cosas que solemos pensar que hace la vida (e incluso la mente), de manera que ese algo se organice en niveles cada vez más complejos hasta producir, por último, seres con conciencia de sí mismos.
El debate pone sobre la mesa todo tipo de cuestiones, incluyendo el viejo problema del libre albedrío. Tal como se lo han planteado innumerables adolescentes, a menudo mientras contemplaban fascinados por primera vez los misterios del universo, si los movimientos de las partículas que constituyen nuestros cerebros están predeterminados por leyes naturales, entonces ¿cómo puede decirse que tenemos libre albedrío? La respuesta habitual es que, desde Heisenberg, sabemos que los movimientos de las partículas atómicas no están predeterminados; por ejemplo, la física cuántica puede predecir las posiciones a las que los electrones tenderán a saltar, en conjunto, en una situación dada, pero es imposible predecir en qué dirección saltará cualquier electrón particular en cualquier caso particular. Problema resuelto.
Salvo que en realidad no lo está: todavía falta algo. Si todo esto significa que las partículas que constituyen nuestros cerebros se mueven de un lado a otro de manera aleatoria, cabría imaginar alguna entidad (“mente”) inmaterial, metafísica, que interviene para guiar las neuronas en direcciones no aleatorias. Pero esto nos llevaría a un razonamiento circular: necesitas tener una mente para hacer que tu cerebro actúe como una mente.
En contraste, si tales movimientos no son aleatorios, al menos puedes comenzar a pensar en una explicación material. Además, la presencia de innumerables formas de autoorganización en la naturaleza (estructuras que se mantienen en equilibrio con sus medios, desde los campos electromagnéticos a los procesos de cristalización) aporta una gran cantidad de material de trabajo a los seguidores del panpsiquismo. Es verdad –argumentan–, uno puede insistir en que todas esas entidades están en realidad obedeciendo a las leyes naturales (leyes cuya misma existencia no necesita ser explicada) o que se mueven de una manera totalmente aleatoria… pero si lo hace es solo porque uno ha decidido que esa es la única manera en que quiere verlo. Y el hecho de que uno tenga una mente capaz de tomar tales decisiones sigue siendo un completo misterio.
Desde luego, este enfoque siempre ha correspondido a la posición minoritaria. Durante gran parte del siglo XX fue desechado por completo. Es muy fácil ridiculizarlo (“Espera, ¿en serio estás sugiriendo que las mesas pueden pensar?” No, nadie está sugiriendo eso; el argumento es que esos elementos autoorganizados que constituyen las mesas, como los átomos, muestran formas en extremo sencillas de las cualidades de lo que, en un nivel exponencialmente más complejo, consideramos como pensamiento). Sin embargo, en los últimos años, sobre todo con la fama que vuelven a tener en ciertos círculos científicos las ideas de filósofos como Charles Sanders Peirce (1839-1914) y Alfred North Whitehead (1861-1947), hemos comenzado a recuperar ese enfoque.
Curiosamente, son en gran medida los físicos quienes se han mostrado receptivos a tales ideas (también los matemáticos, lo que quizá no debiera sorprender, dado que los mismos Peirce y Whitehead comenzaron sus carreras como matemáticos). Los físicos son más juguetones y menos rígidos que, por ejemplo, los biólogos, en parte porque raras veces tienen que enfrentarse con fundamentalistas religiosos que pretenden desafiar las leyes de la física. Son los poetas del mundo científico. Si uno está ya dispuesto a aceptar objetos de trece dimensiones o un número infinito de universos alternativos, o bien a sugerir casualmente que el 95% del universo está compuesto de materia y energía oscuras de cuyas propiedades no sabemos nada, entonces quizá no representa un salto tan grande contemplar la posibilidad de que las partículas subatómicas tengan libre albedrío o incluso experiencias. Y, de hecho, la existencia de libertad en el nivel subatómico es una cuestión sobre la que hoy día se desarrolla un enconado debate.
¿Tiene algún sentido decir que un electrón “elige” saltar en la dirección en que lo hace? Evidentemente no hay manera de probarlo. La única evidencia que podría haber (la de que no podemos predecir lo que va a hacer) ya la tenemos, pero no es muy concluyente. Sin embargo, si queremos una explicación materialista del mundo que sea coherente (es decir, si no deseamos tratar la mente como una entidad sobrenatural impuesta sobre el mundo material, sino como una organización más compleja de los procesos que ya están en marcha en todos los niveles de la realidad material), entonces tiene sentido que algo al menos parecido a la intencionalidad, algo al menos parecido a la experiencia, algo al menos parecido a la libertad tendría que existir también en todos los niveles de la realidad física.
¿Por qué entonces la mayoría de nosotros nos ponemos de inmediato en guardia ante tales conclusiones? ¿Por qué nos parecen insensatas y contrarias a la ciencia? O más en concreto, ¿por qué nos mostramos perfectamente dispuestos a atribuir una capacidad de acción a un filamento de adn (aunque sea de manera “metafórica”), pero en cambio consideramos absurdo atribuírsela a un electrón, a un copo de nieve o a un campo electromagnético coherente? Parece que la respuesta es que resulta prácticamente imposible atribuir egoísmo a un copo de nieve. Si nos hemos convencido a nosotros mismos de que la explicación racional de la acción solo puede consistir en tratar la acción como si tras ella hubiera algún tipo de cálculo interesado, entonces según esa definición no puede encontrarse ninguna explicación racional en ninguno de esos niveles. A diferencia de la molécula de adn, de la que al menos podemos pretender que persigue algún proyecto criminal de autoagrandamiento despiadado, un electrón no tiene interés material alguno que perseguir, ni siquiera la supervivencia. No compite en ningún sentido con otros electrones. Si un electrón actúa en libertad (si, como se supone que ha dicho Richard Feynman, “hace todo lo que quiere”), entonces su libre acción solo puede ser un fin en sí. Lo que significaría que encontramos la libertad por sí misma en los propios fundamentos de la realidad física; y eso significa también que encontramos ahí la forma más rudimentaria de juego.
Nadando con los peces
Imaginemos un principio. Llamémosle principio de libertad, o mejor, como las construcciones latinas tienden a pesar más en estas materias, llamémosle principio de libertad lúdica. Imaginemos que este principio sostiene que el libre ejercicio de las facultades o capacidades más complejas de una entidad tiende, bajo ciertas circunstancias, a convertirse en un fin en sí mismo. Evidentemente no sería el único principio activo en la naturaleza. Hay otros principios que tiran hacia otras direcciones. Pero como mínimo ayudaría a explicar lo que en realidad observamos, como por qué, a pesar de la segunda ley de la termodinámica, el universo parece estar haciéndose cada vez más complejo y no al contrario. Los psicólogos evolucionistas pretenden ser capaces de explicar (como dice el título de un libro) “por qué es divertido el sexo”. Lo que no pueden explicar es por qué divertirse es divertido. Este principio sí podría hacerlo.
No voy a negar que lo que acabo de describir es una brutal simplificación de cuestiones muy complejas. Ni siquiera digo que la posición que estoy defendiendo aquí (que hay un principio del juego en toda la realidad física) sea necesariamente cierta. Solo insistiría en que tal perspectiva es al menos tan plausible como las extrañas e incoherentes especulaciones que en la actualidad pasan por ser la ortodoxia, en la que un universo inconsciente y robótico de pronto produce poetas y filósofos a partir de la nada. Tampoco pienso que el hecho de ver el juego como un principio de la naturaleza signifique por fuerza adoptar alguna clase de visión utópica nebulosa. El principio del juego puede explicar por qué es divertido el sexo, pero también puede explicar por qué lo es la crueldad (como lo puede atestiguar cualquiera que haya observado un gato jugando con un ratón, muchos juegos animales no son particularmente simpáticos). Sin embargo, este principio nos proporciona una base para despensar el mundo que nos rodea.
Hace años, cuando ejercía la enseñanza en Yale, a veces invitaba a los estudiantes a realizar una lectura que contenía una famosa fábula taoísta. Al estudiante que pudiera decirme cuál era el sentido de la última línea le concedería automáticamente la nota “A” de sobresaliente (ninguno lo logró nunca).
Zhuangzi y Huizi estaban paseando sobre un puente sobre el río Hao cuando el primero indicó:
–¡Mira cómo se lanzan los pececillos entre las rocas! Esa es la felicidad de los peces.
–Si tú no eres un pez –repuso Huizi–, ¿cómo puedes saber lo que hace feliz a un pez?
–Y si tú no eres yo –dijo Zhuangzi–, ¿cómo puedes saber que yo no sé lo que hace feliz a un pez?
–Si yo, no siendo tú, no puedo saber lo que tú sabes –replicó Huizi–, ¿no se deduce de ese mismo hecho que tú, no siendo un pez, no puedes saber lo que hace feliz a un pez?
–Volvamos a tu pregunta original –dijo Zhuangzi–. Me preguntabas cómo sé yo lo que hace feliz a un pez. El hecho mismo de que me lo preguntaras demuestra que tú sabías que yo lo sabía, como en efecto lo sabía, a partir de mis propios sentimientos sobre este puente.
La anécdota suele contarse como una confrontación entre dos visiones del mundo irreconciliables: la lógica frente a la mística. Pero si eso es verdad, ¿entonces por qué Zhuangzi, que fue quien la escribió, se presenta a sí mismo como derrotado por su amigo lógico?
Tras haber reflexionado sobre esta historia durante años, se me ocurrió que era precisamente de eso de lo que se trataba. Es sabido que Zhuangzi y Huizi eran muy amigos. Les gustaba pasar horas argumentando de esa manera. Con seguridad es ahí donde Zhuangzi quería llegar. Podemos entender lo que siente el otro porque, al discutir acerca del pez, estamos haciendo exactamente lo que hace el pez: divirtiéndonos, haciendo algo que hacemos bien por el puro placer de hacerlo. Implicándonos en una forma de juego. El hecho mismo de que te sintieras impulsado a vencerme en un razonamiento y de que te contentara tanto el hacerlo demuestra que la premisa sobre la que argumentabas tenía que ser falsa. Si hasta los filósofos están motivados en primer lugar por tales placeres, por el ejercicio de sus facultades superiores sin más interés que el de hacerlo, entonces seguramente se trata de un principio que existe en todos los niveles de la naturaleza, y es por eso por lo que yo pude identificarlo también en el pez.
Zhuangzi tenía razón. Y también la tenía June Thunderstorm. Nuestras mentes son solo una parte de la naturaleza. Podemos comprender la felicidad de los peces (o de las hormigas o de los gusanos medidores) porque lo que nos mueve a pensar y a razonar sobre estas cuestiones es, en última instancia, exactamente lo mismo.
CNN: Un enemigo menos/Elizabeth Camino periodista venezolana
Un enemigo menos. Otro medio de comunicación que se suma a la larga lista de eliminados, sentenciados, amenazados y obligados a auto censurarse. Pese a la tan cacareada prédica del régimen chavista-madurista sobre su amplitud y libertad de expresión. Se llena la boca el director de Conatel hablando de cuan magnánimo es el gobierno revolucionario, en relación a la opinión libre y la amplitud en el manejo de la información por parte de los medios de comunicación.
Como todo sistema autoritario, falsear la realidad y crear verdades de las mentiras es la constante, es la forma de mostrar el talante de un gobierno cada vez más más déspota y sin sujeción a ninguna ley.
Desde el inicio de la gestión de la revolución socialista, su mentor el comandante “eterno” decretó la persecución a todo medio de comunicación, que según su parecer estuviese en contra de su administración y del proceso. Fue así como toda noticia emanada del centro del poder tan solo tienen derecho a difundirla los medios afectos. Los privados siempre han estado bajo sospecha, con razón o sin ella. En Venezuela no existe libertad de expresión, el régimen hace concesiones graciosas con algunos periodistas; se les permite opinar un poco más de los límies establecidos para continuar mostrando una fachada democrática ante el mundo. Los controles y amenazas se hacen sentir cuando se pretende denunciar, la enorme corrupción existente, o la falta de eficiencia de los funcionarios que forman parte del entorno presidencial.
La persecución al libre ejercicio del periodismo por parte del régimen no es novedad para el mundo. Más de sesenta medios han dejado de ejercer sus funciones y los que sobreviven lo hacen en condiciones adversas y con la preocupación de ganarse una sanción si se permiten opinar más de lo debido. Está prohibido cuestionar a los integrantes de las distintas instituciones del gobierno, criticar o denunciar. Hay que medir cada palabra, cada expresión para no comprometer al medio donde ejercemos el periodismo. Así hemos vivido estos años de seudo democracia, de remedo de libertad de expresión.
Es redundante seguir haciendo un recuento de las dificultades y padecimientos por los cuales hemos pasado los periodistas formados en democracia, con un pensamiento libre y alejados de la complacencia y lisonja a sistemas totalitarios o dictatoriales.
A este tipo de régimen le complace tener propagandistas a sueldo que escriban siempre sobre las supuestas virtudes y bondades de su desempeño en los cargos.
El gobierno de Maduro no escapa a esta perversión. Causa enojo y vergüenza la forma genuflexa de algunos periodistas que irrespetan el oficio mostrando una lamentable disposición por edulcorar falsamente la realidad de los hechos para conseguir la benevolencia y la aprobación del Presidente y sus funcionarios. Son propogandistas enajenados, mentirosos y con un evidente lavado de cerebro.
Enumerar la cantidad de medios de comunicación, que a lo largo de estos 18 años ha confiscado, comprado y cerrado el chavismo-madurismo ya resulta redundante, son dueños de más de la mitad de emisoras de radio y televisoras, y otras muchas radios comunitarias. Maduro se queja de la poca difusión que ha tenido su obra de gobierno. No hemos mencionado las horas de cadena nacional y la profusión de anuncios publicitarios, los cuales obligan incluir de manera gratuita y arbitraia en distintos horarios, en emisoras y televisoras privadas.
En una de esas tardes que Maduro elige para contar chistes, decir simplezas y castigar de manera inclemente el castellano, decidió sancionar y sacar del aire, ordenado a su subalternos exigir a los dueños de televisión por cable eliminar la señal de CNN.
Para Maduro, CNN es causante de muchos males. Ese medio de comucnicación Internacional es responsable de golpes de estado, desestabilización de su gobierno, conspiración y vocero de la «derecha apátrida venezolana». Añadiendo a esta lista, su participación en la guerra económica y la guerra contra el petróleo venezolano. Visto de esta manera, eliminar a CNN es la solución a muchas de las penurias que sufrimos los venezolanos. Silenciar este medio perverso es lograr que a partir de mañana se terminen las inmensas colas para encontrar medicinas y alimentos, que de ahora en adelante nos vamos a sentir seguros en las calles y en nuestras casas. Tendremos elecciones, Maduro finalmente se encargará de gobernar en serio, seremos un país feliz… se fue CNN. No hay más corrupción, no tendremos noticias de supuestos narcotraficantes.
Presidente, somos treinta millones de venezolanos que vivimos eso y más por lo cual usted ha expulsado a CNN. No hay necesidad de tener un medio que nos cuente la barbarie de un sistema corrupto y manipulador. Las consecuencias de su empeño en falsear la realidad la seguirá viendo el mundo a través de CNN con su señal abierta. No se puede ser más torpe.
¿Publicar selfies todos los días es señal de una autoestima demasiado alta o demasiado baja? Para algunas personas, una buena foto parece merecer el riesgo de caer desde lo alto de un puente, ser arrollado por un tren o pegarse un tiro por accidente.
Uno de los mejores cuentos de Rodolfo Walsh (y Walsh escribió varios cuentos extraordinarios) se titula “Fotos”. Publicado en 1965, cuenta la historia de dos amigos de un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Se conocen desde niños, pero provienen de cunas diferentes: uno de ellos, Jacinto, el narrador, es hijo de una familia acomodada, mientras que la procedencia de Mauricio, el otro, es más humilde. El primero sigue el mandato paterno y va a la universidad para estudiar abogacía. El otro lleva una vida errante, trabaja como camionero, prueba suerte en el boxeo, gana y pierde a los naipes, hasta que encuentra su vocación: la fotografía. “Pero vos, ¿sabés sacar?”, le pregunta su amigo cuando se entera. “Ella sabe —responde el otro señalando la cámara—. Apretás el disparador y chau”.
“Mauricio apretó el disparador y chau, salí yo, con un costado de la cara en estado gaseoso y los ojos como de vidrio aterrado —relata Jacinto—. Esto, en el nuevo lenguaje de Mauricio, era un ‘efecto’. Me consta que algunos de sus efectos evaporaron las más notorias y robustas personalidades locales”.
Medio siglo más tarde, los “efectos” ya no forman parte solamente del vocabulario de los fotógrafos profesionales. Casi todos llevamos una cámara en el bolsillo y vamos haciendo fotos acá y allá, y somos millones los que sabemos cómo un Ludwig, un Mayfair o un X-Pro II pueden hacer que en las redes sociales guste más nuestra foto y, en consecuencia, que nos sintamos mejor. (Hay una explicación científica al respecto: los likes activan las mismas zonas del cerebro que se ponen en marcha cuando uno come algo que le gusta, gana dinero o se masturba.)
Las cámaras en los teléfonos y las redes sociales han propiciado, como todos sabemos, el fenómeno de las selfies. A mí no me termina de quedar claro si la gente que publica selfies todos los días tiene la autoestima demasiado alta o demasiado baja. Supongo que los hay de ambos casos: quienes sienten que son tan guapos (o que salen tan bien en las fotos) que quieren compartir su belleza con el mundo, y quienes en su inseguridad necesitan, como la madrastra de Blancanieves, que cada día el espejito virtual les diga lo lindos que son.
Un poco más novedoso es hablar de otro fenómeno: el de la muerte por selfie. Es decir, personas que encuentran la muerte en el afán de hacerse una selfie original. En un artículo de junio de 2016, la web Priceonomics informaba que en los dos años anteriores habían muerto de esa manera 49 personas. El promedio de edad era de 21 años y tres de cada cuatro eran varones. El país con más casos, por buena diferencia, era la India: 19 muertes; cuatro habían ocurrido en España y uno en México, el único país latinoamericano incluido en la lista.
El mismo reportaje destacaba una clasificación de accidentes en función de la cifra de muertes que habían causado. La pasión por las selfies estaba igualada con el skateboarding: 28 víctimas fatales cada uno. Más que las causadas por escalar el Everest (17), jugar al fútbol americano (12), ser atacado por tiburones (8) y usar máquinas expendedoras de productos (2), pero menos que las debidas a picaduras de avispas o abejas (58), accidentes de avión (513) y la asfixia erótica, la práctica de evitar la respiración para aumentar el placer sexual (625 —sí: 625—).
El exhibicionismo, la vanidad y la baja autoestima existen desde siempre, por supuesto. Lo que las redes sociales vinieron a proporcionar es un nuevo nivel para el ejercicio de los dos primeros y la búsqueda de una solución para la tercera, como tan bien nos lo mostró “Caída en picado”, el tremendo primer capítulo de la temporada 3 de Black Mirror. “La autofoto ha pasado a formar parte de nuestra vida. Y de nuestra muerte”, afirma un artículo de El País, de Madrid, sobre la muerte por selfie. “Vivimos por y para el postureo. Parece lógico pues que muramos también por él”.
Desde hace más de tres décadas, los Premios Darwin “condecoran” de manera póstuma a personas que mueren de formas absurdas sin haber dejado descendencia. De esta manera, según lógica irónica del galardón, la humanidad mejora a nivel genético, en el mismo sentido en que lo hace gracias a la evolución de las especies, según la teoría del científico a quien el premio homenajea. Es probable que la gran mayoría de las muertes por selfie cumplan con los requisitos necesarios para hacerse con la distinción. Caer desde lo alto del Taj Mahal o de puentes altísimos, ser arrollado por un auto o electrocutarse en el techo de un tren parecen un precio demasiado elevado por obtener una foto bonita u original. Aunque quizá para algunos valga la pena correr esos riesgos.
Hay quienes incluso se han disparado a sí mismos en su intento de obtener una buena selfie. ¿Acaso no tendré muchos me gusta si con una mano me saco una foto mientras con la otra me apunto con una pistola? El mexicano Óscar Otero Aguilar, de 21 años, murió de esa forma en 2014. Al estadounidense Deleon Alonso Smith, de 19, le pasó lo mismo un año después. Y también a una chica rusa de 21 años, que no murió pero fue hospitalizada en estado crítico; no encuentro noticias que expliquen qué pasó con ella después.
En el cuento de Rodolfo Walsh, Mauricio, el fotógrafo, acaba mal. Frustrado, desorientado, su vida se va a pique (como la de la protagonista del capítulo de Black Mirror) y el muchacho decide ponerle fin. Lo encuentran en la orilla de la laguna del pueblo, “con un agujero en la cabeza y un revólver en la mano”. A un lado, “atenta y fija sobre sus tres patas de metal”, la cámara de fotos apunta hacia la laguna. Jacinto, su amigo, relata después:
“Lo que no sé, Mauricio, es por qué te estás riendo y qué hacés con el revólver; por qué le has puesto un hilo atado del gatillo que viene hasta el disparador de la cámara donde trato de meterme para ver qué estás haciendo y qué es eso que te borra un costado de la sien. El laboratorio dice que el negativo es defectuoso y que no se pudo mejorar la copia. Pero yo pienso que vos buscaste ese efecto y que por algo te tomaste ese trabajo del piolín que da la vuelta a un poste y dispara al mismo tiempo las dos cosas. Un truco vulgar, aunque a vos te cause gracia”.
Quizá Mauricio, si hubiese vivido algunas décadas después, habría intentado aliviar el vacío de sus días subiendo compulsivamente a Facebook y a Instagram fotos de sí mismo o de su gato o de lo que comía o de los lugares que visitaba. Quién sabe. Fue un adelantado a su tiempo: se suicidó a la vez que se hacía una selfie, con efecto fotográfico incluido. Quizá por eso se reía. Jacinto, su odioso amigo, está claro que no lo entendió.
¿Podrá Jon Rahm cumplir con su potencial y arrebatarle trofeos a Jordan Spieth, el heredero de Tiger Woods?
Del campeonato de la PGA de 1999 recordamos tanto a su ganador como a su segundo clasificado, un entusiasta adolescente llamado Sergio García. García, de apenas diecinueve años y en su segundo grande como profesional, empezó el torneo como líder tras una magnífica primera jornada y se mantuvo entre los primeros de la clasificación pese al empuje del gran dominador del momento, el estadounidense Tiger Woods, hasta el domingo decisivo.
Woods, cinco años mayor, llevaba un par de temporadas dominando el circuito pero sin repetir la hazaña de Augusta de 1997, cuando arrasó a todos sus rivales, batió el record del campo y se convirtió en el ganador más joven de la historia. Después de acabar entre los diez primeros en cinco de los siete torneos del Grand Slam disputados entre 1998 y 1999, Tiger llegó a la última vuelta del campo de Medinah con todo a su favor para hacerse con el título: un birdie en el hoyo once le colocaba con cinco golpes de ventaja sobre García y su compañero de partido, el sudafricano Nick Price. El público estadounidense ya festejaba.
Fue entonces cuando empezaron a pasar cosas raras: Woods cometió un bogeyen el hoyo doce y un doble bogey en el trece. García olió la sangre y se animó con un birdie en ese mismo hoyo. De repente, la ventaja se había reducido a un solo golpe. Woods enfilaba la calle del quince mientras Sergio veía como su bola de salida quedaba justo en la base de un árbol en el dieciséis. Aquello parecía condenar definitivamente las aspiraciones del español, pero en vez de rendirse –como quizá habría hecho ahora, en plena depresión competitiva-, “El Niño” se sacó un golpe de maestro al que acompañó con toda la teatralidad a su alcance: carreras enloquecidas, saltos desesperados y la mano derecha, aliviada, sobre el corazón.
Fue, probablemente el golpe de una vida, de una generación…. aunque no sirviera de nada. García salvó aquel par como salvaría los del diecisiete y el dieciocho, pero Woods no falló. Sus carreras se separaron dramáticamente a partir de aquel momento: Tiger ganó seis grandes en los siguientes dos años y medio mientras Sergio aún sigue esperando a que llegue el primero, un éxito que se le ha resistido varias veces, la más dramática, probablemente, cuando tuvo un putt de tres metros para ganar el Open Británico de 2007.
Desde la caída en desgracia de Woods en 2009, con su lesión de rodilla y los posteriores problemas personales que acabaron en la práctica con su carrera mucho antes de lo previsto, ha habido varios candidatos a sucederle en el trono: el norirlandés Rory McIlroy parecía el mejor colocado cuando ganó su cuarto grande nada más cumplir los veinticinco años, pero de eso hace ya casi tres. Su relevo lo tomó el voraz Jordan Spieth, quizá el más parecido a Tiger de entre todos sus herederos. A los veinte años, deslumbró en Augusta, quedando segundo en un torneo que probablemente merecería haber ganado. Al año siguiente, se tomó cumplida venganza haciéndose con el título y repitiendo meses después en el US Open, además de acabar cuarto en el Open Británico y segundo en el Campeonato de la PGA.
Su dominio absoluto sobre el resto del circuito debería de haberse materializado, aún con veintidós años, en una segunda victoria en el Masters, en 2016. Después de liderar la clasificación desde el primer día, Spieth llegó al hoyo diez de Augusta con cinco golpes de ventaja sobre el segundo, el desconocido inglés Danny Willett. Un cuádruple bogey en el hoyo doce, en pleno corazón del Amen Corner, unido a un ataque de ansiedad solo comparable al del francés Jean Van de Velde en el British de 1999, hizo que acabara tres golpes por detrás del vencedor.
Este derrumbamiento inesperado supuso un durísimo golpe para Spieth, que se mantuvo alejado de los puestos de honor en los tres restantes grandes de la temporada y solo pudo sumar un torneo más en el circuito de la PGA: el Dean & De Luca Invitational.
Ocho meses y medio después, parece que Spieth está de vuelta gracias a su imponente victoria en Pebble Beach, uno de los campos más prestigiosos de Estados Unidos y donde el propio Tiger Woods cimentó buena parte de su leyenda. No solo ganó el torneo sino que lo hizo con un impresionante diecinueve bajo par, con cuatro golpes de ventaja sobre el segundo, Kelly Kraft y cinco sobre su gran némesis, Dustin Johnson. La victoria de Spieth es una gran noticia para el mundo del golf –se convierte en el segundo jugador más joven en ganar nueve torneos de la PGA- , pero hay otra casi igual de interesante: el quinto puesto del español Jon Rahm.
De Rahm se ha oído hablar poco en España porque casi toda su carrera la ha hecho en el circuito universitario estadounidense, llegando a ser número uno como amateur durante sesenta semanas entre 2014 y 2015. Con residencia en Arizona, donde fue a estudiar y mejorar su juego, este fan del Athletic de Bilbao ya dio muestras de lo que era capaz el año pasado, cuando acabó vigésimo tercero en el US Open, primero entre los no profesionales, y disputó hasta la última vuelta el Quicken Loans National, terminando tercero.
Sin embargo, su gran explosión ha llegado en 2017, tal y como esperaban los expertos. A los 22 años pero con una gran madurez y una larga experiencia a sus espaldas, Rahm asombró a todo el mundo en Torrey Pines, otro de los grandes campos del circuito estadounidense, remontando tres golpes de desventaja para imponerse en el Farmers Insurance Open con una descomunal última vuelta de siete golpes bajo el par, incluyendo un eagle desde casi veinte metros en el último hoyo.
A continuación, acabó decimosexto en Scottsdale, muy cerca de su casa, y en Pebble Beach, su tercer torneo en tres semanas, dejó para el recuerdo una impresionante racha de seis birdies en seis hoyos durante la segunda vuelta. No solo eso, sino que luego mantuvo el nivel con sendas tarjetas de 67 y 68 golpes durante el fin de semana. A diferencia de García, Rahm parece un hombre más fiable en los greens aunque mantiene la misma violencia en el drive y un tacto parecido con los hierros, si bien muchos afirman que ahí tiene aún bastante margen de mejora.
Quedan menos de dos meses para el Masters de Augusta, el territorio favorito de Spieth, y Rahm suena como uno de los más firmes candidatos a ponerle en apuros. Así lo piensa al menos Phil Mickelson, quien también fuera estudiante de la universidad de Arizona State y que ve en él a “un enorme jugador, de los mejores del mundo”. Probablemente, vivir fuera de la montaña rusa de expectativas que acabó con la resistencia mental de Sergio García, le beneficiará en el futuro.
Rahm, que nunca ha renegado de su nacionalidad ni de su formación en España, se maneja a la perfección en su país de acogida, el país donde el golf se convirtió en negocio y donde se disputan tres de los cuatro torneos del Grand Slam. Sin ser excesivamente frío tampoco siente la necesidad de estallar después de cada gran golpe y su serenidad sorprende allá donde le toca competir. Dieciocho años después de la última victoria de un español en Augusta –cortesía de José María Olazábal-, puede que haya llegado la hora de que Rahm consiga que el aficionado vuelva al golf como en los dorados ochenta y noventa y no limiten su interés a ese oasis bienal llamado Ryder Cup.
La obra Remedios para Leonora se presentará del 16 de febrero al 5 de marzo en el Foro de las Artes
Escrita por la dramaturga Estela Leñero y bajo la dirección de Gema Aparicio, este montaje habla de la riqueza de la vida de las dos pintoras
Con esta obra el Cenart conmemora el centenario del nacimiento de Leonora Carrington
A 100 años del natalicio de la pintora surrealista Leonora Carrington, el Centro Nacional de las Artes (Cenart) presenta Remedios para Leonora, una obra escrita por Estela Leñero, bajo la dirección de Gema Aparicio, en la que la realidad onírica de Carrington y su colega Remedios Varo es la fuente de inspiración para la creación de una historia que sucede en el mundo de sus sueños. Remedios para Leonora habla de la riqueza de la vida de estas mujeres y recrea los mundos que habitaron; la realidad y la ficción se mezclan en un tiempo sin tiempo.
Contadas veces se ha llevado a escena el ambiente surrealista que marcó la vida y obra de las mujeres más sobresalientes en el ámbito pictórico. Leonora, de nacionalidad inglesa y Remedios, española, entablaron una entrañable amistad y compartieron sus momentos de creación, sus pesares y aventuras en el México, el cual adoptaron como su propio país y donde realizaron la mayor parte de su obra. Ambas exploran del surrealismo con una imaginación desbordante y hacen grandes aportaciones a la pintura.
En la obra, protagonizada por las actrices Gabriela Betancourt y Bertha Vega, la estructura dramática se asemeja a la de los sueños, donde las artistas surrealistas se encuentran con personajes de su imaginación, con sus miedos y angustias y viven momentos del pasado que las vuelven cómplices de pasajes que no quieren recordar, como el exilio y la locura.
Leonora trae a Remedios a su realidad. Al darse cuenta de que están atrapadas en la torre de un sueño, tratan de salir de ahí. Saltan de ficción a ficción, viajan al laberinto de Edward James, al estudio de Remedios y a lugares que van creando en su camino.
Estela Leñero es dramaturga, directora y crítica teatral, licenciada en Antropología social y estudios de especialización en teatro en Madrid. Ha obtenido una decena de premios con seudónimo entre los que se encuentran: Premio Punto de Partida por Casa llena (Teatro Galeón INBA 1987), Premio Nacional de Dramaturgia INBA por Habitación en blanco (Foro Sor Juana UNAM 1994), Premio Nacional de Dramaturgia Víctor Hugo Rascón por El Codex Romanoff (Teatro Juan Ruiz UNAM 2006), Mejor dramaturgia del año (2008) de la ACPT por Verónica en portada (Teatro Helénico) y Mención de honorífica por Lejos del corazón, en el Premio Internacional de Santo Domingo (Teatro Orientación 2007). Más de una veintena de textos teatrales han sido llevados a la escena por directores como Luis de Tavira, Lorena Maza, Alberto Lomnitz, Iona Weissberg y Gema Aparicio, entre otros.
Gema Aparicio Santos es directora, actriz e investigadora de teatro, egresada del Centro Universitario de Teatro de la UNAM, con estudios de perfeccionamiento actoral en Casa del Teatro y estudios de dirección con el maestro Ludwik Margules en el Foro de Teatro Contemporáneo. Obtuvo el doctorado en Teoría, Historia y Práctica del Teatro por la Universidad Complutense de Madrid, España; y fue colaboradora en el proyecto del Nuevo Teatro Fronterizo dirigido por José Sanchis Sinisterra. Artista beneficiaria del programa de Becas para Estudios en el Extranjero del FONCA 2006, 2008, 2009 (renovación con excelencia académica). Ha dirigido hasta el momento más de 20 obras de teatro. Sus trabajos se han visto en México, España, Francia, Suiza, Colombia, Egipto y Argelia.
La obra Remedios para Leonora se presentará del 16 de febrero al 5 de marzo, de jueves a domingo, en el Foro de las Artes del Cenart, con los siguientes horarios: jueves y viernes 20:00; sábados 19:00 y domingos 18:00 horas. El costo del boleto es de $150 pesos, con la promoción de jueves a $30 pesos. Los boletos ya están a la venta en las taquillas del Cenart y a través del sistema Ticketmaster.
Subrayar los libros es muchas cosas a la vez: una forma de la crítica y una especie de cápsula del tiempo, una manera de apropiarse de las páginas, de acompañar a alguien que leerá solo, de posibilitar una arqueología de los modos de leer.
Por: Cristian Vázquez
Mucho se ha escrito acerca del arte de subrayar libros. Germán Carrasco esbozó una pequeña taxonomía de subyaradores de libros. La argentina María Moreno, por su parte, publicó un libro de ensayos literarios titulado, precisamente, Subrayados. El crítico español Ignacio Echevarría escribió:
“El buen crítico es un lector que sabe subrayar adecuadamente, y que, por virtud de ello, sabe construir una lectura representativa del texto, basada en citas oportunas. Me viene ahora al recuerdo lo que escribía Walter Benjamin en una de sus trece tesis sobre la técnica del crítico: ‘Polémica significa destruir un libro citando unas cuantas de sus frases’. Aunque no siempre se trata de eso, por supuesto.”
Y ya que tantos hablan del arte de subrayar libros, no quisiera yo quedarme sin decir lo mío.
Hace unos meses me reencontré con mi vieja biblioteca. Libros que habían quedado fuera de mi acceso durante bastante tiempo. A muchos los había añorado con nostalgia. De otros, guardaba el recuerdo de su existencia, asociada con otra etapa de mi vida. A unos cuantos los había olvidado. ¿Yo tenía este libro? ¡Qué bueno, ahora sí lo voy a leer! Y al abrirlo descubrir, no sin cierto horror, mi propio subrayado en sus páginas. Lo había leído. Y lo había olvidado.
Por supuesto, los únicos ejemplares que subrayo son los míos. No solo por evitar dañar la propiedad ajena o influir en la lectura de los demás, sino porque no tiene sentido: yo subrayo los libros para mí mismo. O mejor dicho, para la persona que seré en el futuro. Así, cuando esa persona vuelva a esos volúmenes se encontrará no sólo con el texto sino también con la lectura que ella misma (yo mismo) hizo en el pasado. Y evaluará si supo subrayar adecuadamente. En palabras de Echevarría: si encontró las citas oportunas.
Pero claro, ¿cuáles son las citas oportunas? Mis subrayados de hoy no coinciden con los de hace años —no todos, al menos— y en el futuro también subrayaré frases distintas. Los subrayados en un libro como una especie de cápsula del tiempo. Consultar mis subrayados antiguos es también, de alguna manera, explorar mi pasado, practicar una arqueología de mis modos de leer.
Un amigo escritor me reveló hace unos días que no subraya los libros al leer, lo cual me parece casi un oxímoron. Cada uno lee a su manera, por supuesto: cada lector es un mundo. Pero no puedo evitar volver una y otra vez al recuerdo de una profesora de la universidad que, cuando se enteró de que un alumno leía sin subrayar, le preguntó: “Y cuando pasa el tiempo, ¿cómo hacés para encontrar algo? ¿Lo volvés a leer entero?”. Quizás a esas edades uno cree que lo lee lo recordará por siempre. Esa frase, en todo caso, marcó un momento clave en la historia de mi aprendizaje del subrayado de libros.
Porque a subrayar libros también se aprende, desde luego. Nadie nace sabiendo cómo se hace. Además, muchos llegamos a los libros cargados de escrúpulos: la idea de que cuidar los libros significa mantenerlos impolutos, intactos, como ajenos al paso del tiempo y las lecturas. Al principio mis subrayados eran escasos y muy pulcros, en un intento de respetar esa suerte de carácter sagrado del libro.
Con los años aprendí a respetar los libros de otra manera. Dejé de verlos como objetos de culto y empecé a sentirlos mis amigos. Unos muchachos que comparten conmigo su sabiduría, me entienden sin que tenga que decirles nada y están ahí siempre que los necesito. Y así como yo y mis amigos de carne y hueso envejecemos y no podemos ocultar las marcas del paso del tiempo, está bien que con los libros ocurra lo mismo. Cuando veo en mi biblioteca un libro muy poco gastado para los años que tiene, me pregunto si en verdad debería estar ahí.
En la escuela secundaria recibí algunas lecciones de cómo estudiar. Entre las técnicas que nos explicaban estaba la de subrayar los textos. El objetivo, según lo que nos decían entonces, era que luego se pudieran leer nada más que las partes subrayadas. Esto exigía destacar no solo los conceptos más importantes, sino también todos los nexos y conectores necesarios para que las frases tuviesen sentido.
Maniático como soy, algo de eso quedó en mi manera de subrayar los libros. Por lo general busco que mis subrayados se puedan entender leídos por sí mismos, sin que haya que revisar el contexto para captar el sentido esencial. No sólo subrayo: también trazo corchetes y flechas, escribo comentarios en los márgenes, hasta dibujo una especie de signo de exclamación gordito y relleno de lápiz junto a los pasajes que me gustan mucho. (Esta técnica se la copié a otra profesora.)
Mucho de lo que escribo en este blog surge, claro está, de esos subrayados. La palabra marcapáginas se usa en España para designar al señalador, ese pequeño artilugio que se deja en el lugar en que se interrumpió la lectura, para saber luego dónde retomarla. Pero marcapáginas connota también otros sentidos: escribir, subrayar, hacer líneas, flechas, garabatos, lo que a uno le dé la gana. Dejar en las páginas las marcas propias es, también, una manera de apropiárselas.
Y cuando leo un libro subrayado por otro (sobre todo si conozco a ese otro, y más aún si es un amigo), sigo con mucho interés sus subrayados y anotaciones. De alguna manera, leer un libro subrayado por otro es meterme un poco en su intimidad, en sus ideas y sus estructuras mentales, en su pasado. Como si esa otra persona estuviera ahí al lado mío, señalándome cada tanto: “Mirá que bueno esto”. Una de las tantas magias de la literatura.