Hay que pensarlo bien

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Aún no tengo la respuesta

Por Elena Goicoechea /abril de 2018.

Sé quién quiero que gane, sé quién quiero que pierda, pero no sé por quién voy a votar para Presidente todavía. Sólo sé que pondré mi voto al servicio del país. Será un voto inteligente.

¡Cómo me gustaría tener una respuesta a esa pregunta! Pero empecemos por aceptar que ‘perfecto’ no  es nadie. Vamos quitándonos esa idea del paternalismo presidencialista que cargamos desde la Colonia. Seguimos con mentalidad de conquistados, menores de edad, poniendo todos nuestros problemas, necesidades y destino en manos de un tata, papá, cacique, salvador, mesías, presidente…

Es hora de enterarnos de que el presidente de la República es un funcionario contratado por el pueblo a la hora de votar, pues las elecciones son un contrato mediante el cual los ciudadanos permitimos que un mortal desempeñe el puesto de representante del Poder Ejecutivo durante seis años. Sí, un mortal.

Para no quemar neuronas en analizar ilusiones pasajeras, haré a un lado a los improbables. No dudo que haya candidatos independientes muy bien intencionados y preparados, pero si no cuentan con un aparato electoral y recursos suficientes, difícilmente van a ganar, por lo que darles el voto es desperdiciarlo. Aunque confieso que me encantaría que diera la sorpresa alguno.

De los probables, tal vez ninguno sea el ideal, pero más allá de si es simpático, carismático, elocuente o pesado -total, no estamos en el teatro Blanquita, no es un showman lo que necesitamos- Hay que analizar los proyectos y propuestas de cada uno, así como la manera como piensan hacerlas realidad, cuándo y con qué. No me refiero a que nos gusten o suenen bonitas, sino a que sean realizables y sostenibles. El bla bla bla no dura.

Lo principal que se necesita es un candidato con un perfil psicológico sano: los líderes mesiánicos tienden a la egolatría, el narcisismo, la megalomanía, son peligrosos para conducir un país… La visión del candidato elegido por mí será aquel que además de probabilidades de ganar en las urnas, exprese una ideología que garantice el que su objetivo sea mantener un rumbo que sostenga las condiciones macroeconómicas del país en el largo plazo. El panorama mundial no se vislumbra fácil y si nosotros mismos elegimos una opción que no dé certeza a los mercados internacionales, nos va a llevar el tren.

No puede haber justicia y equidad sin estabilidad. Las ofertas populistas prometen lo contrario, destruir la estabilidad económica para repartir justicia e igualdad, y lo que logran es pisotear los derechos humanos fundamentales: vida, libertades y propiedad privada, para alcanzar una falsa igualdad que sólo puede imponerse hacia abajo y por la fuerza. El proceso para conseguir una sociedad equitativa no se da de un plumazo, pero sí en cambio puede arruinarse de un plumazo, al imponer políticas populistas concentradoras de poder en la figura presidencial que nos retrocedan a los años 70 y 80, época de las peores crisis económicas del país.

Entre los que tienen más posibilidades de ganar, y dado lo cerrado de los momios en este momento, habrá que elegir al que mejor garantice la viabilidad macroeconómica del país. Votar con el hígado alimentado de rencor y hartazgo es un acto suicida.

Hay que abrir la mente y estar dispuesto a que un análisis objetivo, honesto y desapasionado nos tumbe la ilusión. Más vale documentarse bien y escuchar con humildad las distintas voces, pero no las voces de personajes de la política con intereses en la contienda, sino la de expertos en economía y finanzas, no solo mexicanos, sino de todo el mundo.

Una condición sine qua non para darle mi voto será que el candidato garantice la democracia, esto es, el respeto a la división de poderes, al Poder Legislativo y al Poder Judicial, así como la autonomía del INE y Banxico. Todos dirán que lo harán, pero ¿quién lo ha probado durante su trayectoria?

Por otra parte, no hay que perder de vista el verdadero lastre que no nos deja crecer: la impunidad. La sociedad no sale de los políticos, son los políticos los que salen de la sociedad. Y la nuestra es una sociedad corrompida hasta la médula que se saca el diablo culpando a la mafia del poder. La mafia somos todos: los que corrompemos y los que nos dejamos corromper.

Si no hay Estado de Derecho, los intereses bastardos nos seguirán boicoteando. ¿Cuál de los candidatos intentará de verdad acabar con la impunidad? A saber…. como dirían en mi pueblo. Prometer es fácil, cumplir ya en la Silla es otra cosa. Lo que sí se sabe, porque lo ha dicho, es qué candidato no tiene intención de hacerlo. Ya sabemos quién anunció que pretende perdonar corruptos y dar amnistía a criminales… ¿Y eso qué significa, rendirse antes de comenzar o hacer oficial la impunidad cómplice?

Un punto importante, quizá el más importante, sea razonar antes de cruzar cada boleta. En los comicios no sólo se elige Presidente de la República, también se eligen diputados, senadores, en algunos casos gobernadores, alcaldes y congresos locales. No hay que votar parejo, pues tanto o más pesa un presidente que un Congreso equilibrado. Los contrapesos evitan los abusos de poder.

En fin, faltan pocos meses, un lapso suficiente para verles los dientes a todos los candidatos. Y vaya que los están mostrando. Si nos equivocamos, no valdrá sentirse sorprendidos.

Elena Goicoechea