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La Gordita

Por Elena Goicoechea

Tengo un conflicto existencial: igual disfruto una quesadilla en un puesto de la calle que un filete en el mejor restaurante. Y ese déficit de selectividad tiene sus riesgos. El lunes, por ejemplo, dejé el coche estacionado a una cuadra de mi destino y al ir caminando llegó a mí el olor de un comal donde la “marchanta” estaba friendo unas espectaculares gorditas de chicharrón.

Bien me decía mi madre: “Nunca salgas de casa sin desayunar”. La tentación fue irresistible.

“¿Para llevar o para comer aquí?”– me preguntó la señora de trenza y delantal, que con la diestra manejaba el tortillero y con la zurda el dinero.

“¡No lo hagas! – gritó una voz en mi interior – Esa cosa contiene más de mil calorías, dos litros de aceite, un kilo de colesterol y doscientas variedades de microorganismos patógenos listos para la guerra.”

Tardé como… cinco segundos en acallar a mi metiche voz interior y acomodarme en una de las dos mesitas de plástico con logo de refresco de cola, que llenaban por completo el modestísimo local.

Soy el colmo, pensé, pero dije: Deme una gordita de chicharrón con crema, queso, poquita salsa y una Coca de dieta”.

Mientras preparaban mi orden en el comal rebosante de aceite megasaturado y polirequemado, me dediqué a analizar el entorno, lo cual es una pésima idea cuando estás metida en un lugar así. Desde luego que no le otorgarían el distintivo H ni creo que la propietaria supiera qué diantres es eso. Le darían con mucho el distintivo P: “Posilga Peligrosa”.

De pronto entró en mí la cordura: ¿qué estoy haciendo aquí?… aún estoy a tiempo de inventar una excusa y salir corriendo…. Estaba a punto de fingir que recibía una llamada urgente de mi jefe reclamando mi presencia, cuando la diligente marchanta sacó mi gordita del comal y la sirvió sobre un papel de estraza en un plato de plástico. El papel cumplía dos funciones: absorber algo de aceite y disimular lo que habría abajo…

Demasiado tarde para huir, habría lastimado los sentimientos de la chef. Mis ojos se abrieron como platos al observar la destreza con la que simultáneamente cubría con una mano (de cuyas uñas no quiero acordarme…) mi futura comida, mientras con la otra la abría por la mitad con un cuchillo que previamente “limpió” con un trapo que en otra vida debió ser blanco. Una vez que rellenó la gordita con los “topings” correspondientes (todos menos lechuga, no fuera a suceder que no estuviera bien desinfectada), la presentó frente a mí con “aigre” triunfal.

“Finge que tienes prisa, pide que la envuelva para llevar y tírala en el primer basurero que encuentres…”, me ordenó mi voz interior; la sensata, claro, porque tengo otra voz que es más alivianada y siempre ve el lado positivo de todo: “No te preocupes, lo que no mata engorda. Además, existen dos posibilidades: una, que acabes con una gastroenteritis en el hospital (20 %); otra, que se fortalezca tu sistema inmune, algo así como una vacuna Múltiplex (80%)”. El porcentaje de riesgo no era muy científico, pero tampoco lo soy yo, así que ¡me la comí!, convencida de que no me haría daño por una simple y muy lógica razón: si las fritangas callejeras fueran asesinas, los mexicanos estaríamos en riesgo de extinción.

Y aquí estoy, dos días después, más fresca que la lechuga de la fonda: no me pasó nada. El único precio que tuve que pagar fue extender media hora mi sesión de caminata, porque dicen que “somos lo que comemos” y yo no quiero ser una gordita.

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