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Franz Mayer, El hombre del clavel

En el Virreinato fue hospital para mujeres y convento. En algunas de sus paredes quedan huellas de literas en las que convalecían enfermos. Hubo una época en la que solo prostitutas recibían atención médica. Estuvo abandonado y por fin fue reconstruido. El inmueble está sobre avenida Hidalgo. Y resguarda tesoros.

En 1986, un año después de los sismos que sacudieron Ciudad de México, lo adaptaron como museo. De esa forma se cumplía el sueño de un empresario alemán, Franz Mayer, quien después de su paso por Nueva York, había decidido visitar México y quedó prendado.

El personaje, que representaba a la compañía Merrill Lynch, vivía en su residencia marcada con el número 960 de Paseo de la Reforma, de la que salía todas las mañanas a sus oficinas en el centro de la capital, no sin antes medirse un sombrero y cortar un clavel para colocarlo en la solapa del saco.

Era amante de la jardinería. Tenía un vivero en su casa, donde florecían claveles, orquídeas y azaleas. Sus allegados le decían Don Pancho; otros, como una forma de distinción, El hombre del clavel, apodos ganados por su personalidad afable, elegancia y su amor por México.

Franz Mayer nació en Manheim, Alemania, en 1882, y murió en México, el 25 de junio de 1975, a los 93 años. Cuentan que una noche antes de fallecer, ya muy enfermo, pidió que le prepararan un atole de maíz. Fue uno de los últimos deseos de un alemán que decidió ser mexicano por adopción.

Gran parte de su vida la dedicó a coleccionar objetos elaborados por orfebres mexicanos y de otras partes del mundo. Fue fotógrafo aficionado, de lo que hay testimonios gráficos, y antes de fallecer pidió que toda su colección de arte decorativo permaneciera en un museo.

Y exposiciones van y exposiciones vienen, pero siempre estará un extenso espacio con la obra heredada por Franz Mayer, El hombre del clavel.

De las exposiciones que más impresionaron a Silvia Sentíes Corona, restauradora del Franz Mayer desde 1990, fue la primera en que trabajó de lleno: Los palacios de la Nueva España y sus tesoros interiores.

Fue en 1991.

Había piezas del museo Franz Mayer y de otros coleccionistas particulares, en especial de Monterrey, cuyo museo colaboró en la instalación.

“Fue muy interesante porque eran réplicas de habitaciones de los palacios de la Nueva España”, dice la restauradora. “Había recámaras con el gabinete de curiosidades con sus tesoros preciados”.

—Eran réplicas.

—Sí, pero con piezas originales. Había la Sala del Estrado, que es donde la gente “importante” recibía a sus invitados. Era para tomar té con ellos. En esa misma área tenían una zona con sillas y sillones especiales para recibir a los reyes, por si alguna vez llegaran a visitar México.

También menciona otras exposiciones, hasta aterrizar en la World Press Photo —fundada en 1955— que llegó a México por primera vez en 1999; desde entonces se presenta en el Franz Mayer, donde ahora mismo está. “Es nuestra exposición estrella”, dice.

—¿Cómo recuerda la primera vez?

—Yo estaba embarazada de mi segunda hija y así me tocó montarla, lo tengo muy presente; y a partir de ahí, año con año, se ha presentado la World Press Photo aquí.

Otra de las exposiciones que le ha gustado mucho, dice, fue la de Ruth Lechuga, Peregrina del arte popular. “Era una doctora austriaca que llegó desde muy pequeña a México, donde creció y se hizo una coleccionista amante del arte popular mexicano”.

—¿Y qué coleccionaba?

—Máscaras, trajes típicos, cerámicas, juguetería, todo tipo de objeto; antes de morir donó toda su colección al Museo Franz Mayer para que la resguardáramos y la promocionáramos.

Y por eso aquí hay un Centro de Estudios Ruth Lechuga, informa Sentíes, quien trabajó en 2002 con la antropóloga y curadora Marta Turok durante una exposición que la propia Ruth Lechuga supervisó.

“Para mí fue todo un orgullo trabajar con ella, porque yo, desde que era estudiante de restauración, la conocí en sus pláticas, exposiciones”, rememora Sentíes, quien estudió en el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Y habrá que hacer un repaso por las instalaciones del Franz Mayer, siempre de la mano de Tania Vargas, responsable de la biblioteca y acervos culturales en este lugar donde se retrocede a otras épocas.

“Respecto de lo que muchos piensan, este edificio no era la casa de Franz Mayer”, aclara Vargas. “En realidad es un edificio histórico que hoy en día alberga una colección que él hizo a lo largo de su vida”.

—¿Cuándo se construye?

—En el virreinato funcionaba como Casa de la Harina; luego, es creado como Hospital de los Desamparados; después fue adoptado por la orden de San Juan de Dios, que sería expulsada; tiempo después será ocupado por las Monjas de la Enseñanza.

En la época de Maximiliano se convirtió en un hospital para prostitutas; en los años veinte, en un mercadito de flores y de artesanías; más adelante, en el 68, fue una de las sedes de las Olimpiadas. Es cuando se le empieza a tomar más importancia al edificio, no obstante que ya estaba en ruinas.

—Y se convierte en museo.

—Es donde se hila la historia. Franz Mayer muere en 1975, pero deja en un testamento que quiere que con su colección se haga un museo y entonces deja al Banco de México un fideicomiso cultural y nombra un patronato, que son actualmente nuestras grandes autoridades regentes del museo.

Es cuando el banco negocia con el entonces gobierno del Distrito Federal para rehabilitar este edifico, situado en el número 45 de la avenida Hidalgo, alcaldía Cuauhtémoc, y en el que desde 1986 se exhibe la obra legada por Franz Mayer, así como exposiciones temporales.

En el Virreinato fue hospital para mujeres y convento. En algunas de sus paredes quedan huellas de literas en las que convalecían enfermos. Hubo una época en la que solo prostitutas recibían atención médica. Estuvo abandonado y por fin fue reconstruido. El inmueble está sobre avenida Hidalgo. Y resguarda tesoros.

En 1986, un año después de los sismos que sacudieron Ciudad de México, lo adaptaron como museo. De esa forma se cumplía el sueño de un empresario alemán, Franz Mayer, quien después de su paso por Nueva York, había decidido visitar México y quedó prendido.

El personaje, que representaba a la compañía Merrill Lynch, vivía en su residencia marcada con el número 960 de Paseo de la Reforma, de la que salía todas las mañanas a sus oficinas en el centro de la capital, no sin antes medirse un sombrero y cortar un clavel para colocarlo en la solapa del saco.

Era amante de la jardinería. Tenía un vivero en su casa, donde florecían claveles, orquídeas y azaleas. Sus allegados le decían Don Pancho; otros, como una forma de distinción, El hombre del clavel, apodos ganados por su personalidad afable, elegancia y su amor por México.

Franz Mayer nació en Manheim, Alemania, en 1882, y murió en México, el 25 de junio de 1975, a los 93 años. Cuentan que una noche antes de fallecer, ya muy enfermo, pidió que le prepararan un atole de maíz. Fue uno de los últimos deseos de un alemán que decidió ser mexicano por adopción.

Gran parte de su vida la dedicó a coleccionar objetos elaborados por orfebres mexicanos y de otras partes del mundo. Fue fotógrafo aficionado, de lo que hay testimonios gráficos, y antes de fallecer pidió que toda su colección de arte decorativo permaneciera en un museo.

Y exposiciones van y exposiciones vienen, pero siempre estará un extenso espacio con la obra heredada por Franz Mayer, El hombre del clavel.

De las exposiciones que más impresionaron a Silvia Sentíes Corona, restauradora del Franz Mayer desde 1990, fue la primera en que trabajó de lleno: Los palacios de la Nueva España y sus tesoros interiores.

Fue en 1991.

Había piezas del museo Franz Mayer y de otros coleccionistas particulares, en especial de Monterrey, cuyo museo colaboró en la instalación.

“Fue muy interesante porque eran réplicas de habitaciones de los palacios de la Nueva España”, dice la restauradora. “Había recámaras con el gabinete de curiosidades con sus tesoros preciados”.

—Eran réplicas.

—Sí, pero con piezas originales. Había la Sala del Estrado, que es donde la gente “importante” recibía a sus invitados. Era para tomar té con ellos. En esa misma área tenían una zona con sillas y sillones especiales para recibir a los reyes, por si alguna vez llegaran a visitar México.

También menciona otras exposiciones, hasta aterrizar en la World Press Photo —fundada en 1955— que llegó a México por primera vez en 1999; desde entonces se presenta en el Franz Mayer, donde ahora mismo está. “Es nuestra exposición estrella”, dice.

—¿Cómo recuerda la primera vez?

—Yo estaba embarazada de mi segunda hija y así me tocó montarla, lo tengo muy presente; y a partir de ahí, año con año, se ha presentado la World Press Photo aquí.

Otra de las exposiciones que le ha gustado mucho, dice, fue la de Ruth Lechuga, Peregrina del arte popular. “Era una doctora austriaca que llegó desde muy pequeña a México, donde creció y se hizo una coleccionista amante del arte popular mexicano”.

—¿Y qué coleccionaba?

—Máscaras, trajes típicos, cerámicas, juguetería, todo tipo de objeto; antes de morir donó toda su colección al Museo Franz Mayer para que la resguardáramos y la promocionáramos.

Y por eso aquí hay un Centro de Estudios Ruth Lechuga, informa Sentíes, quien trabajó en 2002 con la antropóloga y curadora Marta Turok durante una exposición que la propia Ruth Lechuga supervisó.

“Para mí fue todo un orgullo trabajar con ella, porque yo, desde que era estudiante de restauración, la conocí en sus pláticas, exposiciones”, rememora Sentíes, quien estudió en el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Y habrá que hacer un repaso por las instalaciones del Franz Mayer, siempre de la mano de Tania Vargas, responsable de la biblioteca y acervos culturales en este lugar donde se retrocede a otras épocas.

“Respecto de lo que muchos piensan, este edificio no era la casa de Franz Mayer”, aclara Vargas. “En realidad es un edificio histórico que hoy en día alberga una colección que él hizo a lo largo de su vida”.

—¿Cuándo se construye?

—En el virreinato funcionaba como Casa de la Harina; luego, es creado como Hospital de los Desamparados; después fue adoptado por la orden de San Juan de Dios, que sería expulsada; tiempo después será ocupado por las Monjas de la Enseñanza.

En la época de Maximiliano se convirtió en un hospital para prostitutas; en los años veinte, en un mercadito de flores y de artesanías; más adelante, en el 68, fue una de las sedes de las Olimpiadas. Es cuando se le empieza a tomar más importancia al edificio, no obstante que ya estaba en ruinas.

—Y se convierte en museo.

—Es donde se hila la historia. Franz Mayer muere en 1975, pero deja en un testamento que quiere que con su colección se haga un museo y entonces deja al Banco de México un fideicomiso cultural y nombra un patronato, que son actualmente nuestras grandes autoridades regentes del museo.

Es cuando el banco negocia con el entonces gobierno del Distrito Federal para rehabilitar este edifico, situado en el número 45 de la avenida Hidalgo, alcaldía Cuauhtémoc, y en el que desde 1986 se exhibe la obra legada por Franz Mayer, así como exposiciones temporales.

“Lo que encontramos en nuestra sala de exposición permanente —describe Tania, entrevistada en medio de objetos de otras épocas— es parte de una gran colección conformada por más de 11 mil objetos y por más de 10 mil volúmenes en libros, reunidos a lo largo de su vida”.

Franz Mayer, de origen alemán, nace en el seno de una familia judía, “un chico con muchas inquietudes”, describe Vargas. “Decide salir de su país natal a buscar oportunidad en Londres y luego a Norteamérica”.

Y de ahí a México, pues en 1911 la empresa donde trabaja le hace una oferta para que se traslade a este país.

Y se enamora de México y de una mujer, quien moriría antes que él.

En esta sala de luces tenues comienza una colección con 450 azulejos de cerámica, hasta una topar con otra de porcelana china y una sala especial dedicada a la platería que muestra diversos objetos.

“Es justamente una de las columnas vertebrales de la colección Franz Mayer”, refiere Tania. “Esta colección, que nace con la inquietud de los azulejos, es una historia importante de la orfebrería en el virreinato; de también de escultura, pintura, mobiliario, grabado, cartografía”.

—Como esta sala permanente.

—Sí, donde Tenemos una división por siglos: XVI, XVII, XVIII, XIX y luego las que se llaman salas de artes decorativas.

Tania Vargas reflexiona:

“Hoy en día quizás para muchos no tenga sentido o haga preguntarnos por qué en un museo como el Franz Mayer hay una exposición de fotografía como la de Word Press Photo, pues tiene que ver porque él fue un gran aficionado a la fotografía”.

Añade Tania:

“Muchos recuerdan nuestras exposiciones y expo venta de orquídeas; bueno, pues también tiene que ver porque fue un gran aficionado al coleccionismo de orquídeas y de cactus; en su casa, además del cuarto oscuro, tenía un invernadero en donde también cultivaba claveles; de hecho, siempre llevaba un clavel fresco en la solapa de su saco, y sus amigos, que lo llamaban Don Pancho, también solían llamarlo El hombre del clavel”.

—La colección permanente no es toda…

—En realidad esta es una probadita de una gran colección. En la biblioteca tenemos una colección del Quijote, una de las más grandes en América Latina, después de la Hispanic Society. Todo ello dialoga con nuestras artes decorativas.

Y en el marco de la celebración por sus 35 años, el museo presenta a los ganadores del Concurso Mundial de Fotografía 2021, conocido como World Press Photo, entre las que está la del mexicano Iván Macías, quien captó el rostro de una doctora con las marcas de una mascarilla y las gafas protectoras, después de un día en su batalla contra el Covid19.

Autor: Humberto Ríos Navarrete

Fuente: Milenio

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